martes, mayo 01, 2007

Trabajar con amor

Recojo estas reflexiones del P. Alfredo Rubio. Me parecen muy hermosas y totalmente apropiadas para la fiesta de hoy, San José Obrero, fiesta del trabajador.


No podemos limitarnos a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios, no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo así es oración, acción de gracias, porque nos sabemos amados por Dios.

Estas palabras deberían escribirse en letras de oro, impresas en nuestras paredes y en nuestro corazón. A menudo creemos que la contemplación es sentarnos, contemplar y no hacer nada. Y no nos damos cuenta de que contemplar también es mirar y reconocer lo que hace Dios a través de nuestro trabajo.

Trabajar como autómatas, por obligación o porque toca hacerlo, no es propio del Reino de Dios. La fe no es una industria. El trabajo verdadero nace del amor. Un amor que no impulse al trabajo es tan sólo un puñado de palabras vacías. Si uno ama, trabaja. El trabajo es la prueba de que ese amor es auténtico, fructífero, fecundo. Por sus frutos lo conoceréis.

Por otra parte, el fin del trabajo no es fabricar objetos o ganar dinero. El objeto último del trabajo es el amor. Si fabrico algo, es por amor. Porque si no es por amor, ¿para qué lo hago?

Reconocemos a Dios, no sólo en el espectáculo de la naturaleza, contemplando una noche estrellada o la belleza de las flores, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. ¿Por qué? Porque esa tarea, esos frutos, no salen de nosotros mismos. Brotan de un hontanar más hondo que nuestra pura naturaleza, siempre inclinada al egoísmo y a la vagancia. Este trabajo, fruto del amor, revela que existe una fuente maravillosa en nuestra esencia, en nuestras mismas raíces. Somos criaturas hechas por el amor de Dios.

El trabajo hecho con amor y por amor es oración. Es una oración sin necesidad de decir una palabra. Y es una oración, además, de acción de gracias al Dios, que me ha hecho ser por amor. Desde mis raíces sube esta savia del amor que me hace existir. Si no le pongo obstáculos, el trabajo fructificará en mí, convirtiéndose en una acción de gracias por existir, fruto del amor de Dios. Es una acción de gracias porque nos sabemos amados por Dios.

P. Alfredo Rubio