domingo, agosto 20, 2006

¿Qué sentido tienen las religiones?

La religión como lenguaje

Religión viene del latín religare, establecer lazos y vínculos con una realidad más allá, trascendente. No es sinónimo de jerarquía, doctrina o sistema de leyes impuestas. En realidad, toda religión es un lenguaje. Su fin es intentar traducir en palabras humanas una experiencia mística que sobrepasa toda expresión (inefable). Esto, por supuesto, no se da sin limitaciones ni paradojas. De ahí que el lenguaje religioso sea “místico” o misterioso, pues no puede entenderse con el auxilio de la razón sola (aunque no es irracional), sino que debe entenderse a la luz de una experiencia vivida y pasada por el corazón. En el origen de toda religión hay una honda vivencia mística, experimentada por una o más personas, que se transmite a un colectivo.

Por tanto, la religión forma parte de la cultura humana desde sus mismas raíces, pues la humanidad, desde sus orígenes, ha entrado en diálogo con una realidad trascendente, más allá de la pura experiencia terrena. No hay cultura que no esté teñida y empapada de una determinada religiosidad y sistema de creencias.

Si toda religión es un lenguaje, ciertamente el lenguaje puede velar o revelar; puede aclarar o confundir, puede enseñar o mentir. Pero, ¿acaso no necesitamos un lenguaje para expresar cualquier realidad? Somos humanos, seres de carne y hueso, y precisamos de signos palpables y palabras materiales para expresarnos.

La religión como puente

El hecho de negar las diversas doctrinas, o de apelar a una fe universal, o a una síntesis de todas ellas, ya es un intento de construir un nuevo sistema de creencias. Incluso el ateísmo o el agnosticismo, el considerar la ciencia como máximo valor y las leyes científicas como motores del universo, son en cierto modo nuevas formas de religión. Pues todo son credos donde hay algo –idea o realidad –que se erige en valor absoluto. El mismo relativismo, que rechaza que nada sea absoluto o totalmente cierto o veraz, erige lo relativo en absoluto (valga la paradoja casi absurda, pues cuando lo relativo deviene absoluto, ¡ambos conceptos se están contradiciendo!). Muchas personas que niegan las religiones tradicionales, en realidad están fabricando su propia religión a la carta.

Lo queramos o no, necesitamos un medio para hablar de Dios y del trascendente. El ser humano es comunicativo por naturaleza y está en sus mismos genes el impulso de comunicarse. Las religiones en su más genuino sentido no deben ser entendidas como estrictas listas de normas morales, sino como poema, lenguaje, música, que expresa la experiencia divina vivida por la humanidad. No son barreras, sino puente. No imponen fronteras, sino que abren puertas a una realidad metafísica.

Religión y valores humanos

Por ello, antes de inventar nuevas fórmulas, vale la pena conocer las religiones que existen en profundidad y descubrir sus tesoros escondidos. En las grandes religiones de la historia encontraremos sólidos valores que fundamentan la dignidad de todo ser humano.

Nuestra cultura occidental, hija y heredera de una rica tradición religiosa, no debería renunciar a sus orígenes, hondamente arraigados en la religión judeocristiana. Pues si profundizamos con espíritu científico y sincero, seguramente encontraremos en ella los cimientos de muchos de los valores humanos que hoy nos distinguen y que intentamos llevar a todo el mundo. No me refiero al capitalismo ni a la globalización económica, sino a otros valores, como la igualdad, la fraternidad, la dignidad de la mujer y la defensa de los más débiles. Son los valores base de nuestra sociedad actual del bienestar que tantos pueblos del mundo anhelan conseguir.

En el próximo capítulo: Aciertos y riesgos de las religiones.
Si queréis proponer algún tema, escribid a montse@arsis.org.

domingo, agosto 13, 2006

Preguntas en la frontera

Tras finalizar una serie de artículos sobre las mujeres de la Biblia iniciaré a partir de la próxima semana otra serie de escritos sobre las preguntas candentes y límites que se plantean hoy a las religiones y, en especial, a la Iglesia Católica.

Son muchas las personas que, hoy, buscan vivir su espiritualidad fuera de las religiones tradicionales. El rechazo a una religiosidad impuesta y asimilada con estrictas normas morales se une al afán, tan humano, de buscar un sentido trascendente a la vida. Esto ha provocado una gran efervescencia espiritual mezclada con muchas otras tendencias culturales. En medio de estas corrientes, se levantan múltiples voces cuestionando ciertas creencias y verdades que la Iglesia siempre ha defendido.

Preguntas como:

- ¿para qué sirven las religiones?
- ¿favorecen las religiones el fundamentalismo?
- ¿fomentan la división y los conflictos?
- ¿es la Iglesia una institución jerárquica de poder?
- ¿fue Jesús realmente un hombre y a la vez Dios?
- Dios, ¿Padre o Madre?
- ¿tiene sentido hablar de un Dios personal?
- ¿dónde está la feminidad sagrada?
- ¿todos los caminos llevan a Dios?
- ¿existe una única Verdad o sólo la verdad de cada cual?
- ¿qué es el gnosticismo?
- ¿quién fue María? ¿podemos hablar de ella como una divinidad?
- ¿cómo explicar el misterio de la Trinidad de Dios?
- ¿oculta algo la Iglesia al mundo de hoy?
- el esoterismo y la revelación, dos perspectivas muy diferentes
- ¿necesitamos guías espirituales?

...y otras, asaltan a los creyentes de hoy, así como a muchas personas que buscan respuestas a sus inquietudes trascendentes.
Con estos interrogantes, me he lanzado a preguntar a diversas personas, teólogos y estudiosos entendidos en la materia. Las respuestas que he obtenido, algunas las intuía; otras han sido esclarecedoras. Serán el tema de mis próximas anotaciones.

domingo, julio 23, 2006

María Magdalena

Inmaculada

La publicación del Código da Vinci y varios reportajes televisivos han hecho correr ríos de tinta sobre este personaje femenino que siempre ha fascinado y que ha suscitado encendidas y apasionadas polémicas.

Quisiera ofrecer aquí otra visión de María Magdalena, muy modestamente y a partir de la simple lectura y profundización de los evangelios y de la vivencia de una mujer que se siente amada por Dios.

María Magdalena es una de las mayores santas de la Iglesia. Junto con María, la Madre de Jesús, es llamada "inmaculada", es decir, pura, sin mancha. Son las únicas santas que reciben este apelativo. Ambas resplandecen y son modelos para la mujer creyente de hoy. De dos maneras diferentes, ambas tienen un protagonismo especial en la historia de Dios y la humanidad.

La denominación de inmaculada aplicada a las dos Marías no es algo reciente, sino que se remonta a los padres de la Iglesia, allá por los siglos V y VI de nuestra era. Así como María de Nazaret es inmaculada desde su misma concepción, por la gracia, como explican los teólogos, María de Magdala es inmaculada "por la penitencia". Y por penitencia no debemos entender castigo o mortificaciones sin fin. Penitencia, en su sentido etimológico, significa limpieza. María Magdalena fue limpia porque, como cuentan los evangelios, "amó mucho". Ese amor y la confianza en Jesús hicieron posible que éste, en palabras bíblicas, "sacara de ella siete demonios". También debemos interpretar esta frase. Por demonio se designa el mal, todo aquello que puede causarnos daño y alejarnos de Dios. Siete es el número de la plenitud, de la totalidad. Decir que le fueron sacados siete demonios significa que María Magdalena había quedado totalmente limpia de cualquier mal que pudiera albergar en su interior. Así, por un camino diferente, llega a un estado de gracia similar al de la Virgen María. Ambas son nítidas y transparentes y su corazón está abierto para recibir a raudales todo el amor que Dios quiere depositar en ellas. Con ese amor, también llegará una gran misión.

La familia de Jesús

Los evangelios son narraciones sobrias y sumamente poéticas, llenas de simbolismos que deben interpretarse sin frivolidad. No entran en muchos detalles en cuanto a las vidas de sus personajes, pero dejan entrever mucho. Todos los historiadores y teólogos serios que han estudiado a fondo los evangelios y su contexto coinciden en señalar que Jesús fue un hombre célibe. De haber estado casado y haber tenido hijos, como la mayoría de rabinos judíos, este hecho hubiera sido inmediatamente destacado y mencionado en los evangelios. No hubiera tenido sentido ocultar una verdad tan evidente, cuando el celibato era, en aquella época, una opción de vida minoritaria y no muy bien considerada.

Pero Jesús no vivía aislado. En un conocido pasaje evangélico su parentela acude a buscarlo. Jesús señala a sus discípulos, aquel grupo de amigos que lo seguía a todas partes y a quienes, seguramente, a menudo acompañaban también algunas mujeres. Dice: "Estos son mi padre, mi madre y mis hermanos". La concepción de familia de Jesús va más allá de los vínculos de sangre. Alude a la familia espiritual, no menos sólida que la natural, unida por un mismo espíritu. Y en esta familia espiritual, Jesús no discrimina a nadie, elevando a la mujer a la misma altura que el hombre en valor y dignidad. Son muchos y diversos los episodios evangélicos en que Jesús rompe con los tabúes que marginan a la mujer en la sociedad hebrea.

Las primeras apóstolas

María Magdalena era una entre las mujeres que seguían a Jesús en sus viajes. A buen seguro, todas ellas formaban un grupo extraordinario. Valerosas, entregadas y sumamente providentes, posiblemente muchas de ellas contribuían a sostener económicamente el grupo de los apóstoles y los ayudaban en su labor, cada una como podía. Algunas de ellas eran parientes de Jesús y de sus discípulos –su propia madre, una tía de Jesús, la madre de los Zebedeos… Otras eran incluso señoras de buena posición, como la esposa de Cusa, un administrador de Herodes. Posiblemente María Magdalena era también una mujer bien situada y con recursos. El valor de estas seguidoras de Jesús se ve patente en los momentos más críticos. Cuando los discípulos lo abandonan, a las puertas de la muerte, y huyen por temor a las represalias de judíos y romanos, ellas ignoran todo riesgo y siguen a su maestro hasta el pie de la cruz. La Iglesia nace sostenida por el valor de un puñado de mujeres.

Un amor nuevo y libre

Entre todas ellas, María Magdalena brilla con una luz especial. Posiblemente porque, como aquel discípulo "a quien Jesús amaba", también ella había amado mucho. Es la primera a quien se aparece Jesús resucitado. La escena del huerto, junto al sepulcro, es comparada por algunos autores con el Cantar de los Cantares. María busca a su maestro. "Me levantaré, y daré vueltas por la ciudad, y buscaré por calles y plazas al amado de mi alma", reza el Cantar. Cuando ve a Jesús, sin reconocerlo, pregunta: "¿Dónde lo has puesto? Si te lo has llevado tú, muéstrame dónde está, que me lo llevaré?". Resuenan como un eco las palabras de la Amada en busca del Amado: "Lo anduve buscando y no lo encontré… ¿No habéis visto al amado de mi alma?"

Y Jesús le abre los ojos llamándola por su nombre: "María". Ella se arroja a sus pies y lo abraza con fuerza. "Cuando a pocos pasos me encontré con el que adora mi alma, le así, y no le soltaré…", dice la esposa del Cantar de los Cantares. Jesús le responde con unas palabras que pueden resultar incomprensibles. "Déjame, que aún no he ido al Padre".

Con este gesto, Jesús no la está rechazando, ni rechaza el amor humano. Está dando un paso más allá hacia un amor enaltecido. El amor verdadero no posee, no agarra ni sujeta a nadie. El amor, antes que de nadie, es de Dios. Pasado por Dios, como metal forjado al fuego, ese amor se libera, se despoja de todo poder, de toda ansia de dominación, y se fortalece hasta el infinito. En ese encuentro, después de la resurrección, María Magdalena aprende el amor gratuito y libre de los que se sienten hijos amados de Dios.

La mujer, santuario

Es llamada "apóstola de los apóstoles", y esta denominación es muy antigua, aunque poco conocida y difundida. Es extraordinario que un texto, escrito hace casi dos mil años, en una época y en una cultura patriarcal donde la mujer era menospreciada, señale a las mujeres como las primeras en ver a Jesús, Dios hecho hombre, resucitado. Esto no es algo trivial. Su mensaje es muy claro. Dios siempre ha confiado en la mujer. Confió su humanidad a sus entrañas, confió el anuncio de la resurrección a su corazón, abierto y sensible. Y confió en ella el gozo de una vida inmarcesible.

María Magdalena es un espejo maravilloso donde cualquier mujer puede verse. Amada por Dios, tan sólo le basta un corazón tierno y abierto, un corazón que ha amado mucho para recibir a torrentes el gozo que lava toda tristeza y toda sombra. Toda mujer creyente de cualquier estado y condición está llamada, invitada, diría yo, con ternura, a ser inmaculada y a albergar dentro de sí al mismo Dios. La mujer es santuario. No necesita nada más. El mismo amor que la invade hará resplandecer su interior.

domingo, julio 09, 2006

Volver a la esencia femenina

Me han enviado comentarios muy hermosos y profundos sobre Eva, así que voy a reproducirlos aquí, pues dan pie a otras meditaciones sobre la realidad de la mujer en el mundo. Agradezco a Elena de Paz estas aportaciones.

La inocencia y la sabiduría

La razón por la que Eva fue tentada, y no Adán, fue posiblemente porque ella era quien tenía la capacidad para engendrar vida humana. La serpiente sabía que, caída ella, toda la humanidad caería.

La caída de Eva fue dejar de confiar en Dios y en sí misma. Ella fue creada a imagen de Dios. No es Dios, pero parte de su esencia viene de Él. En cada ser humano hay una llave que nos abre una puerta hacia Dios. Por esto los pueblos de todo el mundo podemos sentirnos hermanados y la comunión es tan importante, puesto que la fuerza de muchas puertas juntas, abiertas, crea una corriente que puede provocar auténticos vendavales. Y, a menudo, unos nos convertimos en llaves para otros, ayudándonos mutuamente a abrirnos camino a nuevas oportunidades, conocimientos y experiencias.

Eva no tiene vergüenza proque sabe que entre ella y Dios no hay muros. Él lo conoce todo de ella, y ella es inocente, no tiene nada que ocultarle y tiene todo el conocimiento que desee siempre a su alcance. Tan sólo debe abrir su puerta interior para obtenerlo.

El demonio-serpiente quiere envenenar a esta mujer, libre y feliz, confiada en Dios –tal vez esto es lo que reconcome al diablo, puesto que él, en su momento, también desconfió... Así que decide separarla de Dios para ver cómo se espabila.

La ruptura y el dolor

La tienta con la manzana como símbolo de un conocimiento total, divino, externo y prohibido. Ella duda de sí misma y de Dios. Ah, ¿será que necesito esto para conseguir un conocimiento que aún no poseo, al que no tengo acceso? Al comer la manzana se da cuenta de que el conocimiento no está en el fruto, sino en el día a día en el jardín, en su unión con el hombre, su compañero, y con Dios... Entonces ve su error. El pecado no fue buscar el conocimiento, sino pensar que estaba fuera de su alcance y que Dios se lo guardaba celosamente para sí. En realidad, Dios lo compartía con ella siempre que ella quisiera. La totalidad, simbolizada por el árbol de la vida, sólo es accesible a Dios porque sería demasiado para nosotros. Pero a través de él tenemos lo necesario en cada momento. Querer tener todo el conocimiento del mundo sería como querer comer en un día lo que ingerimos en un año entero. Nos saturaríamos y moriríamos de empacho.

Eva se viste por vergüenza, porque ya no se siente una con Dios ni con el hombre. Es entonces cuando se le profetiza que parirá con dolor. El gozo y el éxtasis de la unión, con Dios y con el hombre, se convierte en separación y ruptura. Y esta separación provoca sufrimiento. Eva es el paradigma de este gran dolor.

Sí, la desconfianza fue la raíz de la ruptura, pero la consecuencia no sólo ha sido una lucha incesante de la mujer contra el mal.

Saber, opresión y liberación

Una lectura peculiar de este texto ha generado corrientes filosóficas y religiosas que asocian la traición y la separación de Dios con la búsqueda del conocimiento, con lo cual se asume que esta búsqueda es peligrosa. Así es como la ciencia se ha llegado a presentar como enemiga de la fe, cuando, en realidad, deberían hermanarse. Muchas culturas han alejado a la mujer del acceso a la cultura y al saber. Se las ha tachado –y ellas lo han creído –indignas del conocimiento, faltas de discernimiento e incapaces de ejercer su libertad. Se ha inculcado en las mujeres un sentimiento de culpa, y ese sentimiento ha sido el punto débil sobre el que muchos hombres se han aupado para justificar la opresión de la mujer de manera muy efectiva, durante generaciones.

Una cierta interpretación del Génesis explicaría la situación de la mujer durante muchos siglos en las sociedades judeocristianas y musulmana. Sometida al hombre, insegura de su conocimiento y de su naturaleza, sintiéndose culpable. Aún hoy, en el mundo occidental, la mujer tiene que luchar para que sus condiciones, libertades y derechos, igualen plenamente las del hombre. Por ejemplo, trabajar y ser madre puede llegar a ser muy difícil en ocasiones. Una mujer que quiere ocupar altos cargos debe jugar y adaptarse a las reglas masculinas. Los talentos femeninos, como la intuición, la empatía y la cooperación, sólo tienen cabida en ámbitos como el de la solidaridad y el altruismo, aunque algunas valientes pioneras poco a poco comienzan a introducir cambios en otros entornos.

Si las mujeres recuperan su seguridad en si mismas y aplican sus conocimientos en todos los campos, seguramente el mundo cambiará. En un plano más íntimo, creo que las mujeres hemos de recordar constantemente que tenemos en nosotras la llave del conocimiento a través de nuestra puerta, siempre que esté abierta a Dios. El siempre ha estado a nuestro lado, hemos sido nosotras las que nos hemos vestido y ocultado a sus ojos, tontamente. Es el momento de llamar a la puerta de nuevo... Grandes mujeres, como Santa Teresa (recordemos la hermosa metáfora de Las Moradas) no han escapado al conocimiento y han abierto su puerta a Dios. En estos tiempos de cambios e incertidumbre las mujeres tenemos la oportunidad y la necesidad imperiosa de regresar a nuestra esencia primigenia, la mujer en armonía con Dios, con el hombre y con toda su creación.

Elena de Paz

sábado, junio 24, 2006

Sara, la que creyó

Esposa de un hombre de fe

Como tantas otras grandes mujeres de la Biblia, Sara vive a la sombra de su tienda y de su esposo, Abraham, el patriarca del pueblo judío.

La historia de Sara y Abraham es azarosa. Se va desarrollando entre las tierras de Palestina y Egipto, siguiendo el periplo de Abraham y su tribu en su vida nómada de rico propietario ganadero. La Biblia nos resalta en todo momento una relación muy especial de Abraham con Dios, a quien habla de tú a tú, y con quien le une, no sólo la veneración debida a un Dios poderoso, sino una confianza que llega a ser entrañable.

El drama de Sara, esposa de un hombre importante, era la esterilidad. La promesa de Dios a su marido: “serás padre de un gran pueblo”, hacía aún más absurda y dolorosa su situación. Como relata la Biblia, Abraham tomó a su esclava Agar para tener descendencia con ella. Fruto de esta unión nació Ismael, padre, según la tradición, de los futuros pueblos arábigos, hermanos del pueblo judío.

Pero las cosas iban a cambiar para Sara. Siendo ya de edad madura, ella y su esposo reciben una visita un tanto especial.

El huésped

Tres hombres embozados se acercan al campamento de Abraham y piden su hospitalidad. Éste los acoge solícito e inmediatamente reconoce que es una visita extraordinaria. Es Dios mismo, en forma humana, quien acude a visitarlo. Abraham pide a su esposa que les prepare los manjares más selectos para comer.

Acabado el banquete, los visitantes misteriosos llaman a Sara y le hacen una promesa: al cabo de un año, tendrá un hijo. Sara ríe. ¿Cómo creer esas palabras, si es estéril y ya ha dejado atrás la edad reproductiva? Pero la promesa se cumple. Y Sara engendra a Isaac, el joven a quien su padre amaría entrañablemente. El mismo que Dios le ordenaría poner en sus manos, años después.

Como la de Abraham, la de Sara es una historia de fe. Ante las palabras de Dios, a veces incomprensibles, absurdas o alejadas de nuestra lógica humana, la primera reacción es de incredulidad, hasta de risa. La Biblia cuenta que Sara soltó la carcajada cuando oyó las palabras de sus invitados. Sí, el designio de Dios puede parecernos un tanto increíble, aunque éste sea bueno. Al menos, Sara ha hecho una cosa: ha acogido a Dios, ha sido hospitalaria. Y las palabras divinas se han abierto paso en su corazón, muy a su pesar. ¿Acaso tener un hijo no es lo que más desea en el mundo?

Dios conoce lo que desea nuestro corazón

Dios sabía lo que más anhelaba Sara. Así ocurre con todo ser humano. Dios conoce los secretos y los deseos más recónditos de nuestro corazón. Ni una lágrima, ni un anhelo, le es indiferente. Si estas aspiraciones nos llevan a la plenitud, ¿cómo dudar que nos las va a conceder? ¡El no desea otra cosa! Somos nosotros quienes, a veces desconfiamos. No creemos que Dios pueda ser tan magnánimo, tan generoso o tan conocedor de los entresijos de nuestra alma. Poner aquello que deseamos en sus manos es la manera más segura de conseguirlo, siempre que esto contribuya realmente a nuestro bien.

Así lo hizo con Sara, contra todo pronóstico. Lo que para las fuerzas y capacidades humanas es imposible, no lo es para Dios. ¿Puede ser imposible para quien ha creado la naturaleza humana producir en ella un pequeño cambio? Sólo el artista es capaz de retocar su obra para perfeccionarla.

Esta historia nos proporciona un poderoso aliciente ante los obstáculos que impiden nuestra felicidad o bienestar. Tal vez algunos de ellos son fácilmente solucionables. Otros nos parecerán imposibles. ¿Cómo cambiar nuestro carácter, nuestra propia naturaleza, nuestros defectos, nuestra historia? No es necesario. Dios puede hacer milagros y hacer brotar flores hasta del desierto. Sí, también en nosotros Dios puede hacer maravillas. De lo estéril, Dios puede sacar fruto abundante. Con Dios, nuestras miserias y debilidades pueden producir actos de nobleza y heroísmo humano. Nadie está excluido. Pero Dios es un huésped sumamente gentil y educado. Si no lo invitamos a pasar, como hicieron Abraham y Sara, si no lo dejamos entrar en nuestro hogar, jamás forzará la entrada ni nuestra respuesta. Dios sólo intervendrá en nuestra vida si se lo permitimos. Sólo fecundará nuestro jardín interior si le abrimos la cancela. Eso sí, una vez esté dentro, nos asombraremos ante lo que pueda ocurrir. Pues nosotros pedimos favores y gracias con medida humana, y él da con medida de Dios: inabarcable, inesperada, magnificente.

El cambio de nombre

En la historia de Abraham y Sara se da un hecho que vale la pena explicar. Ambos personajes eran llamados, inicialmente, Abram y Saray. Desde el momento en que comienza su relación más estrecha con Dios, éste mismo les cambia los nombres por los nuevos de Abraham y Sara. El nombre, en la cultura hebrea, es importante. No sólo distingue a una persona de otra: el nombre expresa su identidad y su mismo ser. El cambio de nombre equivale a cambio de persona. Es decir, después de que Dios pase por sus vidas, Abram y Saray ya nunca serán los mismos. Serán un hombre y una mujer nuevos. Así sucede con todo aquel cuya vida se ve sacudida por el soplo de Dios. Su aliento, como dice un hermoso salmo, renueva la vida y la faz de la tierra. También renueva y hace renacer por dentro a la persona que se abandona en sus manos y confía en su amor.

martes, junio 13, 2006

Rebeca, la astuta

Rebeca, como tantas mujeres bíblicas, nos puede resultar sorprendente y contradictoria. Rebeca ha pasado a la historia por ser la esposa de Isaac, el hijo de Abraham, y también por ser madre de los hermanos Esaú y Jacob. Su proeza consistió en una célebre triquiñuela que empleó para engañar a su esposo y conseguir que su hijo favorito, Jacob, el pequeño, fuera elegido heredero de su padre y recibiera su bendición. La historia de Rebeca está íntimamente ligada a un famoso plato de lentejas.

El ardid

Resumiendo el episodio, la Biblia nos cuenta que el matrimonio de Isaac y Rebeca tuvo dos hijos. Esaú, el mayor, robusto y velludo, cazador y temperamental, era el preferido de su padre, mientras que Jacob, el menor, más delicado, lampiño de cuerpo, inteligente y de carácter suave, era el predilecto de su madre.

Un día, regresando de cazar y con hambre de lobo, Esaú encontró a su hermano menor guisando una cazuela de lentejas. Tan hambriento estaba, que le prometió darle lo que fuera a cambio de un plato de aquel suculento guiso. Jacob, ladino, le pidió el derecho de primogenitura, a lo que Esaú, un tanto ligeramente, accedió, mientras daba cuenta de las lentejas. Y se olvidó del asunto.

Pero Rebeca había oído lo sucedido entre ambos hermanos. Dispuesta a asegurar un buen porvenir para Jacob, aprovechó que su esposo era viejo y estaba casi ciego para engañarlo. Mientras Esaú estaba ausente, cazando para ofrecer una buena presa a su padre, Rebeca ordenó a Jacob cubrirse los brazos con un vellón de carnero. A instancias de su madre, y fingiendo ser Esaú, el joven Jacob guisó un buen estofado para su anciano progenitor y éste, agradecido, le ofreció su bendición y el derecho de primogenitura. Pero al oír su voz dudó. “Es la voz de Jacob”, decía Isaac. Entonces Jacob tendió hacia él sus brazos cubiertos de la piel de carnero. Al palpar el vello, Isaac cayó en la trampa. “Los brazos son de Esaú”. Y lo nombró su heredero y le dio su bendición. Cuando Esaú llegó del monte con su botín, ya era tarde para él. Este fue el inicio de una azarosa etapa de persecuciones y huidas entre ambos hermanos, hasta su reconciliación final, muchos años más tarde. Como todos sabemos, Jacob conservó sus derechos y, cuenta la Biblia, fue padre de doce hijos que darían origen a las doce tribus de Israel. Después de Abraham, Jacob es el gran patriarca del pueblo judío.

La madre astuta

Rebeca se nos presenta como modelo de madre astuta que no vacila en emplear sus ardides a fin de conseguir lo mejor para su hijo predilecto. Vemos cómo estas cualidades de la madre son heredadas por su hijo, Jacob, quien también las empleará durante su vida para salir adelante, enriquecerse y llegar a ser un hombre notable en medio de su pueblo. La historia de Rebeca nos muestra cómo la acción de las madres es decisiva en la vida de los hijos. Dicen los pedagogos entendidos que las mayores cualidades que heredan los hijos suelen ser las virtudes de la madre.

Moralmente, la actuación de Rebeca es muy cuestionable. Pero su resolución debería, cuando menos, hacernos reflexionar. La astucia en si no es nada malo, si se emplea para un buen fin. No se trata de justificar los medios por el fin, sino de rescatar una cualidad del ser humano que a menudo nuestra cultura ha hermanado más con los vicios y los defectos que con las virtudes.

La astucia, léase aquí, la capacidad de tramar un plan con inteligencia, evitando los enfrentamientos violentos, debería ser una cualidad a recuperar, debidamente depurada de cualquier interés dañino o egoísta. Cuántas veces se producen rupturas, discusiones, situaciones violentas y distanciamiento entre las personas por no haber sabido tratar con tacto y perspicacia un asunto. La astucia, que Jesús elogia en el evangelio, debería ser una clase de diplomacia, delicadeza y saber hacer que evitara el dolor y las fricciones entre las personas, cuando esto sea posible.

Conjugar inteligencia y corazón

Rebeca nos hace presente una frase de Jesús que deberíamos recordar con frecuencia: “sed mansos como palomas y astutos como serpientes”. Muy a menudo nos concentramos en la primera parte, es decir, en la ingenua mansedumbre, que llega a ser pánfila y corta de miras, y no reparamos en la segunda.

La astucia, la capacidad de raciocinio, la inteligencia, son dones de Dios. Como talentos, hemos de emplearlos y desarrollarlos. Bien usados, también contribuyen a nuestro bienestar. La persona puede ser bondadosa, leal, de trato amable y magnánimo, sin que esto signifique que deba ser ingenua o boba. La astucia no está reñida con la bondad. Es más, la bondad sola y simple, sin inteligencia, puede llevarnos a chocar una y otra vez con los demás, causando incluso un daño que no pretendemos. En cambio, si empleamos la inteligencia –el cerebro, la mente –y la conjugamos sabiamente con el corazón, es posible que las cosas nos vayan mejor, a nosotros y a quienes nos rodean.

Un apunte sobre las lentejas

El episodio de las lentejas también tiene una profunda carga pedagógica. Los dos hermanos, Esaú y Jacob, representan dos actitudes diversas ante la vida, como algunos filósofos y literatos han hecho notar. Esaú es el hombre que vive el presente, la inmediatez, el disfrute de lo rápido. Es el hombre del “lo quiero ya, ahora, pronto”. Sin duda, es una imagen de nuestros tiempos acelerados. En cambio, Jacob, como su madre Rebeca, es el hombre que sabe esperar, con paciencia. Traza sus planes y aguarda el momento para actuar. Es el hombre racional, que piensa y actúa de acuerdo con un plan. Esaú vive el instante. Jacob se propone una meta y la persigue hasta alcanzarla.

La actitud de Esaú nos resulta muy familiar e incluso podemos simpatizar con ella. Personifica la filosofía del carpe diem hasta el extremo. Vive el ahora, no te preocupes por el futuro, porque, ¡Dios dirá! Pero las consecuencias de su despreocupación serán enormes. Esaú perderá lo más valioso que podía tener y la angustia y el resentimiento lo acompañarán durante largos años. En cambio, el paciente Jacob, cuya vida no parece sino una sucesión de esperas y de trabajo largo e ingrato (recordemos la historia de Raquel, ¡Jacob tuvo que esperar siete años para casarse con la mujer que amaba!), finalmente alcanzó la plenitud, colmando sus aspiraciones y su vida.

El vitalismo de Esaú, en realidad, es trágico. Al carecer de visión de futuro, se convierte en existencialismo que lo lleva al vacío. Por el contrario, la actitud serena y reflexiva de Jacob lo conduce a una vida intensa y plena.

Sin dejar de disfrutar el presente –lo único que tenemos –esta historia apela al equilibrio necesario entre el goce vital y la necesidad de orientar la vida hacia un norte, trazando un plan básico que dé sentido a la existencia de cada cual. El recorrido de ese camino, disfrutando de cada paso, pero sin perder la meta de vista, puede convertir nuestra vida en una aventura gratificante y motivadora.

Se dice que estamos entrando en una era histórica donde los valores femeninos ganan cada vez mayor protagonismo. Rebeca es un símbolo de estos valores. Es propio de la mujer pensar, meditar y aguardar que las cosas sigan su proceso, sin precipitación. La obsesión del corto plazo, del “ya mismo”, no es propia de una cultura auténticamente femenina. Una mujer sabe esperar muy bien. Sabe que la vida humana requiere de nueve meses para gestarse y salir a la luz. Sabe que una persona requiere de mucho más que nueve años para hacerse adulta… Sabe, intuye y tiene grabados en su sangre los ritmos vitales de la naturaleza, con sus vaivenes y sus aparentes pausas. Unos ritmos que poco tienen que ver con el frenesí y la loca precipitación de la vida contemporánea. Si nuestra civilización quiere ensalzar los valores femeninos deberá apelar a un ritmo más sosegado y paciente. Y también deberá rescatar la astucia, la intuición, la capacidad de meditar, de planear a medio y largo plazo y de soñar para el futuro.

martes, mayo 16, 2006

Raquel, una historia de amor

Un amor más allá de la razón

La historia de Raquel está íntimamente ligada con la de Jacob, padre de doce hijos de quienes descenderían las doce tribus de Israel. Raquel es una mujer muy femenina y hermosa, tal como nos la describe el Génesis, y no siempre virtuosa en sus sentimientos y actitudes. Pero hay algunos rasgos en su historia que merece la pena destacar.

Raquel, con Jacob, protagoniza una hermosa historia de amor. Por ella, Jacob trabaja siete años para su padre, Labán. Pero Labán lo engaña en la misma noche de bodas y sustituye a su hija Raquel por su hermana mayor, Lía, alegando que en su tierra no es correcto dar en matrimonio a la hija menor antes que a la primogénita. Para conseguir desposarse con Raquel, a Jacob no le importa trabajar siete años más en la hacienda de Labán. Tan enamorado está, que los años “aún se le hacen pocos días”. Este romance es una bonita flor que brota en las páginas bíblicas, sobrepasando las convenciones de una sociedad patriarcal arraigada en sus costumbres.

El deseo de maternidad

La relación entre ambas hermanas, Lía y Raquel, una amada y la otra desposada por la fuerza, no será fácil. Lía concebirá muchos hijos, mientras que Raquel tardará años en hacerlo. Los celos estallarán entre ambas hermanas, que rivalizarán durante años por dar descendencia a su esposo. Finalmente, también Raquel tiene hijos. El primero de ellos es José, que más tarde sería vendido por sus hermanos e iniciaría la aventura del pueblo de Israel en Egipto.

Así, vemos cómo la gran pasión de la vida de Raquel fue la maternidad. En su contexto histórico, ser madre era lo que más valor daba a la vida de una mujer. Su último hijo, Benjamín, fue alumbrado en un parto difícil, que le causó la muerte. Raquel lo llamó Ben-Omi, hijo del dolor, aunque posteriormente su padre lo renombró Ben-Iamin, el hijo de la dicha, en recuerdo de la felicidad que había disfrutado junto a su esposa. Hoy día en algunos países se ha extendido un movimiento llamado “el apostolado de Raquel”. Consiste en ayudar a aquellas mujeres que, a pesar de las dificultades y los riesgos para su salud, deciden ser madres y llevar adelante su maternidad. Y esto me lleva a la segunda reflexión.

La actitud de estas madres, que para muchos es heroica, ciertamente puede ser discutible. ¿Por qué arriesgar la vida, sin necesidad, para tener un hijo? ¿No resulta absurdo e imprudente? Tal vez una mujer con dificultades o peligro para engendrar debería buscar otras opciones. Pero, en el supuesto de que esté ya embarazada y peligre su vida, ¿quién puede erigirse en juez e impedirle que opte por la vida de su hijo? Hoy día, el aborto es permitido y legal en muchos países, con o sin restricciones. En España, si la madre corre un riesgo para su salud, física o anímica, se considera lícito. La elección de las madres que prefieren continuar adelante con su embarazo y tener su criatura no puede menos que ser admirada, del mismo modo que admiramos el heroísmo de quienes se arriesgan altruistamente para salvar la vida de otros, aún sabiendo que pueden perder la vida en el intento.

Dar la vida, algo intrínseco al ser humano

Muchos podrían alegar insensatez o locura en la disponibilidad para dar la vida por los demás. Hoy día, incluso podría tacharse de fanatismo religioso. Algunos aseguran que estas actitudes van en contra de la verdadera naturaleza e instinto humano, que son enfermizas y neuróticas, casos de psiquiátrico y no muestras de grandeza moral. Quienes afirman esto quizás tengan una pobre imagen de lo que es la naturaleza humana.

Es propio del instinto humano luchar por la supervivencia y por la propia preservación. Pero, incluso en los animales, se dan otras tendencias que a veces pueden contradecir estos primeros impulsos y superarlos. Se ha observado que muchas hembras de mamíferos son capaces de arriesgar su vida y de atraer a los depredadores hacia sí mismas para proteger a sus crías. Si esto se da en los animales, ¿cómo podemos pensar que sea extraño a la especie humana? El amor abnegado, el amor que no necesita razones, sin límites, sin miedos y sin reparos, es tan connatural al ser humano como su capacidad de sobrevivir. Dar la vida por amor es algo que se hunde en las mismas raíces de nuestro ser. No se trata de una actitud extraña o ajena a nuestra verdadera naturaleza, sino de un reflejo del mismo Amor que nos hizo existir: ese aliento sagrado de Dios que aletea sobre el universo y palpita tras la vida de todos los seres de la Creación.


lunes, mayo 01, 2006

Más sobre Eva

Un preludio de la igualdad de géneros

La mayoría de gentes se refieren al relato de la Creación que refiere cómo Eva fue creada de la costilla de Adán. Tal vez muchos ignoran que el Génesis ofrece dos relatos paralelos de la creación del ser humano. El más conocido es el que acabo de mencionar. Es el más antiguo y, en realidad, recoge mitos comunes a diversas religiones orientales. El otro relato, escrito en época más reciente, nos dice sucintamente que Dios creó al hombre (hombre en sentido genérico), e inmediatamente precisa: hombre y mujer los creó. No dice que creara al uno antes que al otro, sino que, simultáneamente, Dios creó al hombre y a la mujer. Es decir, que el ser humano tiene, desde su mismo origen, un doble género: masculino y femenino. La sexualidad está en las mismas raíces y forma parte de la esencia más profunda y genuina del ser humano. Las personas somos seres humanos, sí. Pero no podemos serlo sin ser, al mismo tiempo, hombre o mujer. Al reconocer que la dualidad de sexos es consubstancial al ser humano, el Génesis está reconociendo su igualdad y equipara su valor ante Dios. La mujer, al igual que el hombre, también es creada a imagen y semejanza de Dios. Es imagen de Dios. Por tanto, Dios está por encima de una imagen masculina, propia de las culturas patriarcales, y también de una imagen femenina de las Diosas Madre, de la fecundidad. Ambos aspectos se contienen en Dios. “Dios es Padre y Madre”, afirmó el Papa Juan Pablo I. Y esta afirmación recoge, en realidad, lo que ya habían afirmado varios profetas del Antiguo Testamento: Dios es entrañable y cariñoso como una madre con sus criaturas.

El Génesis asienta una base para los futuros derechos humanos y la igualdad de géneros. Ambos, hombre y mujer, son imagen de Dios y seres humanos de pleno derecho. Aunque el peso antropológico de las diversas culturas –a menudo machistas e influyentes sobre las prácticas religiosas -no siempre lo ha reconocido así, en las mismas raíces de la religión cristiana esta igualdad es reconocida y proclamada. Como todo hecho encarnado en el mundo, las religiones pueden ser manipuladas y mal utilizadas, contaminándose con ideologías totalmente ajenas a su espíritu original.

El relato del Génesis se convierte, así, en preludio de la igualdad de género. Algo insólito en otras religiones coetáneas del judaísmo antiguo. Tal vez por esto no sea de extrañar que los países de cultura cristiana y judía sean los que, con el paso de los siglos, han propiciado en mayor medida la emancipación de la mujer y su progresivo avance hasta equipararse, con justicia, al hombre.

lunes, marzo 20, 2006

Eva, la primera

Hoy me atrevo a abordar el personaje de Eva, la primera mujer, co-protagonista de uno de los primeros y más célebres episodios bíblicos. Lo hago a sabiendas que se trata de un personaje controvertido que para muchos, desde los más conservadores hasta las más avanzadas feministas, dista mucho de ser un modelo.

Es mucha la literatura que ha suscitado Eva. Encontramos las interpretaciones de muchas abanderadas del feminismo postmoderno, que comparan a la victimizada y sometida Eva con la mucho más sutil y emancipada Lilith. De otra índole es toda la tinta vertida en torno al mito de la mujer fatal, nacido de un pensamiento decadente con raíces mucho más antiguas, que considera a la mujer como fuente de todo mal y perversión, poco menos que un diablo seductor con garras escondidas, que atrae a los hombres hasta su perdición.

Víctima o rebelde, seductora o engañada, compañera del hombre y madre, Eva se presenta como un símbolo de la feminidad. Quisiera dar un enfoque sobre ella inspirándome en diversos teólogos y pensadores cristianos que, en consonancia con la encíclica Mulieris Dignitatem, de Juan Pablo II, han dado una interpretación original y poco difundida sobre su figura.

El primer ser humano

Dicen muchos teólogos que Eva es el arquetipo de la humanidad. Es más, yo añadiría que se erige en el prototipo de la humanidad que despierta a la conciencia. Eva es creada por Dios. Como Adán, su compañero, dialoga con él y es a ella a quien el diablo se dirige para ofrecerle una alternativa al paraíso que Dios les ha brindado. ¿Por qué es a ella a quien escoge el maligno? No es porque sea la más débil o la más ingenua, sino porque sabe que ella es inteligente, sabe razonar y tiene mayor poder para decidir, por encima del hombre. Por ello Eva se presenta como símbolo de la humanidad libre, capaz de discernir.

Por otra parte, el nombre Eva, en hebreo significa Vida. Eva personifica la vida humana sobre la tierra.

Una actitud muy humana

La serpiente, muy sibilina, sabe cómo tentar a la mujer. Le ofrece sabiduría, poder y libertad sin límites. Eva recoge en sí aspiraciones muy profundas del corazón de la persona. Su actitud, de curiosa y atenta escucha a las proposiciones del diablo, es sin duda muy humana. El afán de saber y de poseer cada vez más parece que es algo connatural al ser humano. Pero algo viene a torcerlo todo.

La Biblia nos relata que, en el paraíso, Adán y Eva tenían todo cuanto necesitaban. Podían vivir felices, despreocupados, desnudos en una limpia inocencia, alimentados y cuidados por la mano providente de Dios. Nada les faltaba. Ni siquiera la compañía, su amor mutuo y la amistad, entrañable, con su mismo Creador. Dios paseaba con ellos y conversaba, a la caída de la tarde, por los vergeles del paraíso…

No obstante, aún en medio de la plenitud, algo viene a turbar esta paz. El diablo no puede negar que Eva disfruta de muchos bienes. Pero le ofrece algo que no posee: el poder ilimitado. ¿Por qué Dios les prohíbe tocar los frutos del árbol de la ciencia? ¿Por qué Dios les impone una limitación? Ni Eva ni Adán son dioses. No han creado el mundo ni se han creado a si mismos. Pero el demonio les hace creer que, sin ser Dios, pueden obtener su mismo poder.

De pronto, Eva pierde la perspectiva, inducida por las palabras dulces y astutas de la serpiente. Ésta la aturde, la confunde y le hace creer que es lo que no es: una diosa, autosuficiente y omnipotente. Es la dulce embriaguez del ser humano que, consciente de su valía y ensoberbecido ante su saber y su potencial, cree no tener límites y se equipara al mismo Dios. La actitud del hombre endiosado es muy frecuente, y hoy especialmente es alentada por el progreso científico y tecnológico.

La desconfianza, raíz de la caída

Para tentar a Eva, el diablo recurre a la más sutil de las armas: la desconfianza. Es ese sutil veneno que va infiltrando en el corazón de Eva, la mujer, imbuida por promesas de una mayor plenitud y fascinada ante la posibilidad de rivalizar con el mismo Dios. ¿Cómo lograr que Eva escuche al tentador? Provocando su recelo. Tal vez Dios te engaña. Tal vez no desea tu bien, sino tu sumisión. Tal vez te está prohibiendo algo para evitar que crezcas, que seas mayor, que seas más tú misma… Finalmente, el maligno consigue que Eva desconfíe de aquel que más la ha amado, de aquel que la ha creado y le ha dado la existencia, con todo su amor y ternura. La desconfianza es la raíz de la ruptura. Brota en el corazón de Eva, después en el de Adán, y acaba resquebrajando la amistad entre ellos y Dios.

El relato bíblico no hace más que reflejar una realidad constante en la historia de la humanidad. Allí donde anida la sospecha se rompen las relaciones, se desvirtúa la amistad, se pervierte el amor. Se quebrantan los vínculos y surgen los conflictos, la guerra y la muerte. Tal vez el primer pecado, o el primer error de Eva, no fuera otro que éste: la desconfianza.

Desconfiar de aquellos que nos quieren bien nos conduce a una situación trágica de dolor, de ruptura y de temor. Así lo vivieron, según el relato bíblico, Adán y Eva, una vez cayeron ante la invitación de la serpiente. El pecado no fue comer la manzana en si, sino llegar a desconfiar del mismo Dios que les había dado la vida. Golpearon de muerte una bella amistad. Por esto la Biblia dice que Adán se sintió avergonzado y tuvo que cubrirse, consciente de haber perdido la inocencia, que no era otra cosa que la confianza total e incondicional en su Creador.

La fuerza que sobrevive

Pero Dios siempre es mayor que el mal. Y la mujer, criatura de Dios, tiene una fuerza en si capaz de vencer el mal, aunque deba arrastrar sobre sus espaldas todo el dolor del mundo. Así, Dios se dirige a Eva y la advierte. Conocerá el dolor y sufrirá para alimentar a los suyos. Su vida se convertirá en una lucha constante contra el mal. A pesar de todo, la mujer se levantará una y otra vez y seguirá luchando. Es en el breve final del episodio bíblico cuando Eva –la mujer –se nos presenta con mayor fuerza dramática. La serpiente te morderá y tú la herirás con el talón. El mal siempre acechará a la humanidad, como vemos cada día. Pero la mujer siempre levantará su mano, su voz y su corazón, para luchar por la vida. Eva se convierte en emblema de la mujer luchadora que, día tras día, persiste en su empeño para sobrevivir a la muerte y la destrucción. Y Dios, pese a su alejamiento por desconfianza, nunca dejará de estar a su lado, peleando con ella. Esta figura de la mujer combatiente preludia la imagen de María, la salvadora, junto a su hijo Jesús. Eva es la mujer que agoniza en la contienda, sin rendirse. María se convertirá en el signo de la mujer victoriosa, porque, a diferencia de Eva, ella sí ha confiado en Dios y ha puesto su vida en sus manos.

viernes, febrero 24, 2006

Abigail

Tener el valor de afrontar las culpas de otros

La historia de Abigail forma parte de la azarosa vida del rey David. En una época en que David y su ejército campaban por el desierto de Maón, junto al monte Carmelo, éste pidió ayuda y provisiones a un rico hacendado, Nabal, cuyos rebaños pastaban en la región. El relato cuenta que los hombres de David habían respetado en todo momento a los pastores y a su ganado, sin causarles daño. En cambio Nabal, del que se dice era hombre ambicioso y necio, despidió a los enviados de David con cajas destempladas, despreciándolos y negándoles alimento alguno. La reacción de David no se hace esperar. Enfurecido, decide lanzar a sus guerreros contra Nabal y sus posesiones, dispuesto a exterminarlo a él y a toda su gente. Es entonces cuando interviene la esposa de Nabal, Abigail, a escondidas de su marido.

Abigail sale al encuentro de David y su tropa con una comitiva cargada de alimentos. La Biblia nos cuenta que era una mujer hermosa y que actuaba con prestancia. Su gesto y sus palabras consiguen aplacar la ira del futuro rey. David queda admirado ante la serena firmeza de Abigail, quien le ruega disculpe a su marido y le suplica que respete sus tierras y sus propiedades. Y así lo hace, en atención a esta mujer hospitalaria y valerosa. Años más tarde, Abigail se quedaría viuda y pasaría a ser una más de las esposas del rey David.

Como tantas historias bíblicas, hay en ésta muchos aspectos polémicos e interpretables de modos contradictorios. No podemos juzgar el relato con nuestros criterios y valores actuales. De Abigail, mujer que la Biblia ha distinguido como admirable, destacaría dos cualidades especialmente valiosas para las mujeres de hoy.

La hospitalidad

Dejando a parte el temor ante la amenaza de David y sus hombres armados, en Abigail encontramos una actitud diametralmente opuesta a la de su esposo. Nabal es el hombre rico, celoso de sus posesiones y desconfiado. No se apiada de los forasteros que le piden ayuda. Abigail actúa de modo diferente. No sólo responde a la amenaza de David, sino que se muestra generosa y espléndida. La suya es la actitud de la mujer acogedora y hospitalaria, compasiva ante los de afuera. Es la actitud tan propia de muchas mujeres que siempre están dispuestas a acoger y ayudar, sin temer perder nada de sus posesiones. Justamente por su generosidad, Abigail salva su hacienda y las pertenencias de su esposo.

Trasladando este gesto a un plano espiritual, Dios siempre responde con magnanimidad ante cualquier gesto desprendido y compasivo que mostramos hacia los demás. Su medida es el ciento por el uno. La generosidad nunca queda sin recompensa.

Saber asumir los errores ajenos

Este punto es más polémico. Abigail asume la culpa de su marido y su actitud reprobable. Consciente de ello, intenta paliarla y resarcir a los perjudicados por su desplante. Hoy muchos podríamos decir: ¿Por qué cargar con las culpas de otros? ¿No es algo contraproducente e insensato, cuando bastante tenemos con intentar liberarnos de las propias? Muchos psicólogos dirían que hemos vencer el constante sentimiento de culpa que nos oprime. ¿Cómo va a ser loable asumir los defectos de la otra persona? ¿No corremos el riesgo de convertirnos en víctimas y perder toda nuestra autoestima?

Abigail, en realidad, no nos llama a culpabilizarnos ni a caer en una neurosis. La suya es la actitud del que se responsabiliza de las personas que tiene a su cargo y que forman parte de su vida. No es víctima, sino responsable. Vemos que Abigail diverge radicalmente de su esposo: ella no comparte su forma de pensar ni de actuar. Pero no se desentiende de él ni de las consecuencias de sus actos, y toma medidas. Así ocurre con tantas madres, esposas, compañeras de trabajo, amigas… que, por pura lealtad y libremente, aceptan que trabajar y convivir con otros supone también asumir sus errores. Llegado el momento, tienen el coraje de recoger las equivocaciones de los demás, aceptarlas e intentar recomponer tantas situaciones rotas o tantos malentendidos. Abigail es mediadora y reconciliadora. Y en esto demuestra no sólo que es una buena persona, sino que sigue siendo leal a su esposo, aunque sea un cretino avaricioso.

Ser responsables y apoyar a los que están a nuestro alrededor, aunque se equivoquen, requiere una gran madurez humana. Y asumir sus errores con ellos, intentando compensar el daño causado, no debe confundirse con el victimismo o con las actitudes resignadas y mártires. Es, en realidad, un acto de valor y de profunda fidelidad. Las personas que practican esta virtud, como Abigail, saben hacerlo con elegancia y compostura, sin perder un ápice de su dignidad.

domingo, enero 29, 2006

Judith, ir de cabeza al problema

A la hora de sentarme a escribir sobre Judith, se me plantea todo un reto. ¿Qué nos puede decir a las mujeres de hoy una mujer judía, que vivió hace tres mil años, que se introdujo en medio de un campamento militar enemigo, sedujo a su capitán y, una vez en su tienda, le cortó la cabeza de un tajo, a sangre fría? La historia es tan sobrecogedora y brutal que Judith se nos aparece como un personaje mítico y lejano, con tintes heroicos, pero muy alejada de toda mentalidad civilizada que rechaza la violencia.

Pero Judith, pese al paso de los siglos y al cambio de mentalidad, sigue siendo un modelo de mujer fuerte y admirable para muchos. En un momento de desánimo del pueblo judío, acosado por sus enemigos y sin fuerzas para liberarse, una mujer, sola, en compañía de su sirvienta, reúne el valor y la audacia para atacar al enemigo. Y lo hará empleando sus armas más sibilinas: la astucia, las artimañas femeninas, el engaño y, finalmente, el golpe a traición. Su actuación es definitiva. Descabezado el enemigo, Israel reúne las fuerzas –físicas y morales –para combatir a sus adversarios y logra la victoria sobre ellos.

La mujer intrépida
Al menos dos cosas podemos aprender de esta mujer extraordinaria. En primer lugar, su intrepidez. Judith es una mujer intrépida –palabra cuyo significado es que no tiembla. No se tambalea ni vacila ante el peligro, pues sabe que su misión y la salvación de los suyos están ante todo. Así defienden las madres a sus hijos y a su familia, a uñas y dientes. Así las personas coherentes con sus valores defienden lo que más aman. Aunque todo el mundo las abandone, ellas cuentan con su fuerza interior –en este caso, la fe en Dios –que las hace enfrentarse a cualquier peligro. Judith no espera el apoyo de los suyos. Pero traza sus planes cuidadosamente, tampoco es una insensata. Prepara su ataque y cuida cada detalle para asegurar, al máximo, el éxito en su sangrienta misión. Por tanto, Judith es una luchadora, llena de coraje pero también reflexiva. Actúa movida por el corazón, pero utilizando la cabeza.

Ir a la raíz del problema
La segunda cosa que podríamos tomar como lección no es, por supuesto, el hecho de asesinar cruelmente a un enemigo. La vida de cualquier persona es sagrada y jamás la consecución de nuestras metas debería suponer la muerte o la desgracia de nadie. Pero, haciendo una lectura simbólica del gesto de Judith, vemos en ella a la mujer que va directa al problema y lo ataca de cabeza. Como reza el dicho popular, “ataca al toro por los cuernos”. Judith nos enseña a mirar cara a cara los problemas que nos embisten cada día y que, muchas veces, como al pueblo de Israel, nos abruman y nos deprimen. Nos encogemos ante ellos y preferimos vivir aplastados bajo las dificultades. Judith no teme contemplar al enemigo a los ojos. Sabe discernir la situación con lucidez y se decide a atajar el mal de raíz, de forma contundente y definitiva. Ante un problema o dificultad, esa es una manera sabia de actuar. Se trata de saber verlo con claridad, sin temor, estudiarlo con detenimiento y planear con fría serenidad la manera de resolverlo definitivamente, aunque a veces la mejor solución no siempre es la más cómoda y fácil.

Hoy día, muchas personas vivimos en un estado de relativo bienestar y comodidad que aletarga nuestra capacidad de reacción y nuestra inteligencia natural. Cualquier dificultad o problema añadido a la complejidad diaria de nuestra vida nos hunde y nos desconcierta. Judith es un revulsivo que nos hace reaccionar. Su ejemplo nos puede impulsar a encarar los retos que nos presenta la vida con decisión y sin vacilar, para resolverlos de la mejor manera posible.

sábado, enero 14, 2006

Ana, o la maternidad generosa

Ana, la madre de Samuel, uno de los grandes profetas de la Biblia, es un personaje discreto cuya historia refleja la de otras muchas mujeres: las madres que consagraron a sus hijos a Dios.

La mujer estéril que se torna fértil

La historia de Ana es común a otros personajes bíblicos. Como Isabel, la madre de Juan Bautista, o la madre de Sansón, Ana era estéril y veía con desesperanza el transcurrir de los años sin experimentar el gozo de la maternidad.

Ana pone su angustia y su deseo en manos de Dios. Y él la escucha. Jamás Dios hizo oídos sordos a una súplica sincera. Pero Ana añade algo más: si tiene un hijo, lo consagrará al mismo Dios que se lo ha dado. Esta mujer sabe que, por encima de la paternidad biológica, existe otra paternidad mucho mayor, la del Dios que otorga la vida.

Ana engendra un niño, Samuel, que con los años será el profeta y consejero del rey David. Ella lo cría durante sus primeros años pero no olvida su promesa y, cuando tiene una edad suficiente, lo lleva al templo, donde lo deja al cuidado del sacerdote Helí, quien educará al niño hasta su adultez. Durante los años de crecimiento del niño, Ana no dejará de velar por su hijo, visitándolo y enviándole ropa. Pero lo hará discretamente, sin interferir en su formación como futuro sacerdote y profeta de su pueblo.

El magníficat de Ana

Ana no sólo tuvo un hijo. Después de Samuel vendrían otros cinco hijos, con lo cual su maternidad se vio colmada. Después de concebir a Samuel, la madre que era estéril eleva un cántico alborozado a Dios, que recuerda vivamente el Magníficat de María ante su prima Isabel:

Mi corazón salta de gozo en el Señor y mi frente se eleva a Dios...
Nadie es santo, como lo es el Señor: Nno hay otro fuera de ti, nadie es fuerte como tú.
No multipliquéis vuestras palabras altaneras, la arrogancia no salga más de vuestra boca.
El arco de los fuertes se ha quebrado y los flacos han sido revestidos de vigor.
El Señor empobrece y enriquece, levanta del polvo al mendigo y del estiércol ensalza al pobre, para que se siente entre los príncipes y ocupe un trono de gloria...


Así, Ana reconoce a un Dios magnánimo que ejerce justicia y es capaz de elevar al ser más pobre –no sólo pobre físicamente, sino al abatido, al humillado y al que se siente nada entre el polvo. Es decir, Dios enaltece y dignifica a todo ser humano, incluso a los que se sienten pequeños y a los que el mundo margina y considera inferiores –como muchas veces ha sucedido con la mujer. Dios enaltece a la mujer estéril, que en aquellos tiempos equivalía a ser despreciada como algo inútil.

Gratitud y desprendimiento

Pero Ana no se aferra al hijo que tanto deseaba. No lo retiene junto a sí ni lo considera una posesión suya. En su gesto desprendido y generoso brilla su madurez espiritual: sabe que lo ha recibido como un regalo, y así lo ofrece ella, como un don a su Dios. Ana sabe que su hijo no le pertenece. Cuántas madres dejarían de sufrir en vano si fueran conscientes de lo que Ana supo ver con tanta lucidez. Los hijos no son sólo de los padres. Son del mundo, de la vida, de Dios. Y Ana ofrece a su hijo a Dios para que cumpla su papel en el mundo.

Los sentimientos pueden ser de dulce añoranza, pero una madre adulta sabe aceptar que su nido se vacía y se alegra cuando ve volar a sus hijos, con fuerza y decisión. La auténtica maternidad es aquella que, después de volcar todo su amor en los hijos, los sabe entregar al mundo, soltándolos para que vuelen en libertad.

domingo, enero 01, 2006

El canto de Débora

La historia de Débora forma parte del Libro de los Jueces de la Biblia. Se trata de un relato que puede sorprender e incluso provocarnos rechazo por su belicismo y violencia, pero cuyo cántico final, de un encendido lirismo épico, tiene también un hondo significado místico.

Una mujer líder

Débora, siendo mujer en una cultura patriarcal donde las mujeres solían estar sometidas a la voluntad de los varones, llegó a ser juez de Israel. Era una persona extraordinaria que se sentaba a la sombra de una encina e impartía justicia a su pueblo. Todos, desde los campesinos hasta los guerreros, pedían su consejo y escuchaban sus palabras. Es uno de esos claros ejemplos de mujeres fuertes que la Biblia elogia y destaca por su fe inquebrantable y por su defensa del pueblo.

Israel vive tiempos difíciles, sometido a la tiranía del rey cananeo Jabín, y Débora encomienda a Barak que reúna un gran ejército entre las tribus de Israel y le haga frente, confiando en que Dios les dará la victoria. Barak duda y pide que ella le acompañe, a lo cual ésta accede. Una vez más, es la fe de una mujer quien arrastra a los hombres de su pueblo. Ella advierte a Barak que será por manos de una mujer, y no de él, por quien perecerá finalmente su enemigo.

Barak y su ejército se enfrentan al general Sísara, cabeza del ejército cananeo, al que derrotan estrepitosamente. Es entonces cuando el pueblo entona el llamado Canto de Débora, ensalzando la fe de sus líderes y el poder de Dios que defiende a sus hijos.

Sean los que te aman como el sol...

Dejando aparte todas las connotaciones políticas, bélicas y culturales de este cántico, quisiera destacar en él dos aspectos. El primero, el valor de una mujer que guía a su pueblo hacia la liberación del enemigo. Hoy, en medio de un mundo complejo y globalizado, vemos que en aquellos países donde la humanidad sufre más es la mujer quien encabeza las iniciativas que, poco a poco, podrán mejorar la vida de sus congéneres. Son las mujeres quienes en muchos lugares siembran gérmenes de esperanza, con su trabajo constante y grandes dosis de coraje y de amor. Débora es el paradigma de la mujer dirigente que vela por su gente. Es una imagen de la maternidad intrépida que no retrocede ante nadie.

El otro rasgo que quisiera destacar es su penúltima frase, que encuentro bellísima y capaz de infundir un gran valor y optimismo: “Sean los que te aman, Señor, como el Sol cuando nace con toda su fuerza”. Así son los que aman a Dios, porque corresponden al amor, mucho más inmenso, de Dios. Los amigos de Dios brillan con la fuerza del sol naciente, porque en ellos arde la certeza de sentirse amados por Aquel que nunca falla y cuyo amor puede colmar todas las expectativas y deseos.

lunes, diciembre 19, 2005

La esposa del Cantar de los Cantares

Pocos libros hay en la Biblia tan hermosos, tan controvertidos y que hayan recibido tantas interpretaciones como el Cantar de los Cantares. Este poema, que rezuma pasión humana y al mismo tiempo se eleva hacia altas cotas de misticismo, ha sido motivo de cientos de libros, comentarios y nuevas poesías, como las inolvidables de San Juan de la Cruz.

Hoy quisiera detenerme en la mujer, la esposa del Cantar de los Cantares, la protagonista femenina de este extraordinario poema que, como flor bellísima, brota entre las páginas de la Biblia.

Creo que todas las mujeres deberíamos leer este libro, saboreando sus palabras y recordando, al tiempo que las leemos, que hay alguien que nos está amando de esta forma singular. Pongámonos en el lugar de la esposa y consideremos que el esposo es Dios. La esposa del Cantar es la viva imagen de la mujer amada. El amor, humano y físico, que se desgrana con lirismo en los versos, es un amor real y es, a la vez, eco y sombra del amor, inmenso y puro, de Dios hacia sus criaturas. Si un ser humano es capaz de amar así, ¿cuánto mayor no será el amor de Dios, que es el mismo Amor?

En el Cantar se nos desvela una dinámica muy propia del ser humano: ese juego amoroso de búsqueda y encuentro, que también se da entre la persona y Dios. En el caso de las mujeres, creo que expresa de manera insuperable la manera en que Dios ama a la mujer y la cualidad de su amor.

En este amor, es Dios –el amante -quien acude primero a su amada, la busca, la recoge, la ensalza y la colma de dones. “¡Levántate ya, amada mía, hermosa mía, y ven!... Paloma mía que anidas en las hendiduras de las rocas, en las grietas de las peñas escarpadas, dame a ver tu rostro, hazme oír tu voz. Que tu voz es dulce y encantador tu rostro”. Este fragmento resulta tremendamente conmovedor. Es Dios quien viene a buscarnos, hundidas en la oscuridad, perdidas en los abismos de la tristeza y la soledad. Y es él quien nos suplica que le hablemos y le volvamos el rostro.

La amada, a los ojos del amante, siempre es hermosa y perfecta. Así somos todas las mujeres a los ojos de Dios, un Dios enamorado de su criatura. “¿Quién es esta que se levanta como la aurora, hermosa cual la luna, resplandeciente como el sol…?” "Aparta ya de mí tus ojos, que me fascinan…”

El mismo Dios, que es fuente del amor, suplica una respuesta. Este es el Dios personal que se desvela, poéticamente, en el Cantar: un Dios que, pudiendo prescindir de ella, necesita y desea el amor de su criatura. “Ponme como un sello sobre tu corazón, ponme en tu brazo como sello. Que es fuerte el amor como la muerte y son duros los celos… Son sus dardos saetas encendidas, son llamas de Yahvé”.

Decía Pablo Neruda en uno de sus poemas: “Quisiera hacer contigo lo que la primavera hace con las flores”. Así es como Dios actúa en nosotros. Esto es lo que Dios puede hacer en la mujer que se deja invadir por su amor. Dios hace florecer a las personas que ama y que se dejan amar por él. En la Biblia, no será hasta llegar al Nuevo Testamento cuando encontraremos una figura similar a la de la esposa del Cantar de los Cantares. Es María, inundada del amor de Dios, mientras entona su Magníficat.

sábado, diciembre 10, 2005

Ruth o la fidelidad recompensada

La historia de Ruth y Noemí llena uno de los libros más breves y bellos de la Biblia. Ambas son ensalzadas como modelo de suegra y nuera. Mucho se ha escrito sobre Ruth como ejemplo de mujer fiel a su marido y a la familia de éste, hasta el punto de abandonar su tierra, su cultura y sus dioses para adoptar los de su esposo, aún después de muerto. La Iglesia llegó a llamar a Ruth “la tercera María” (después de María la madre de Jesús y María Magdalena).

Fidelidad

Pero, dejando aparte las interpretaciones teológicas de la figura de Ruth, quisiera resaltar en esta historia dos aspectos. El primero es la fidelidad entre dos mujeres, que la vida ha unido a través del matrimonio de uno de los hijos de Noemí con Ruth. Aunque este hijo ha muerto, el vínculo entre ambas continua, y Ruth no renuncia a él. Cuando Noemí decide regresar a su tierra, Ruth la acompaña, siguiéndola como seguiría a su marido. Así como la otra nuera, Orfa, también viuda de su otro hijo, se queda con su familia, Ruth no teme afrontar lo desconocido por acompañar a su suegra. Orfa se ata al pasado y a la muerte. Ruth opta por mirar hacia delante y no romper los lazos que la unen a Noemí y a la familia de su esposo.

Responsabilidad

El otro aspecto es la responsabilidad por el ser amado. Para Ruth, la madre de su esposo es como su propia madre y no renuncia a su responsabilidad sobre ella. A lo largo de la historia vemos en Ruth a una mujer generosa, que cuida de Noemí, preocupándose por su bienestar y trayéndole el sustento.

Pero Noemí también se hace responsable de Ruth y vela por su porvenir. Es ella quien trama el futuro matrimonio de Ruth con su pariente Booz. Su nuera ha sabido serle fiel; ella también procurará su felicidad. Así es como Ruth, que ha renunciado a su familia de sangre, a su tierra y a sus creencias, es acogida en una nueva patria, recibe una nueva familia y un nuevo esposo. Las palabras de Noemí a su nuera son muy hermosas: “Hija mía, yo voy a procurarte descanso y a ocuparme de tu felicidad”.

La historia de Ruth es un relato del amor y de la abnegación recompensados. Nos muestra cómo todo sacrificio hecho por amor, toda renuncia asumida por fidelidad, no deja de tener su recompensa. Y ésta es siempre mucho mayor.

Confianza

El libro de Ruth también es un canto a la confianza. Las dos mujeres confían una en la otra. Noemí confía su ancianidad y su vida en manos de Ruth, y recibe un gran consuelo de su nuera, “la cual te ama y es para ti mejor que si tuvieras siete hijos”, le dicen sus parientes. Ruth confía también en Noemí y sigue sus consejos e instrucciones. Así es como rehace su vida, se desposa con un hombre bueno y tiene un hijo. Porque no temió perderlo todo, por fidelidad a la madre de su esposo, Ruth alcanza de nuevo una vida plena y dichosa. Confiar nuestra felicidad en manos de quien sabemos nos ama es tal vez una de las experiencias más hermosas de abandono y de dicha colmada.

domingo, noviembre 20, 2005

Ester, o la ternura inteligente

La figura de Ester protagoniza uno de los libros más apasionantes de la Biblia. No es de extrañar que haya inspirado diversas novelas y películas cinematográficas. Ester es la mujer que, en medio de circunstancias adversas, llega a ser reina de un gran imperio y, capeando las intrigas cortesanas, logra salvar a su pueblo del genocidio.

Invito a los lectores de este blog a leer el Libro de Ester. La reflexión que me sugiere para la mujer de hoy es la del contraste entre la rebeldía temeraria y la ternura inteligente.

En el relato de Ester encontramos dos figuras femeninas diferentes: Vasti y Ester. La primera, Vasti, es la reina de Persia, esposa del rey Asuero. Durante un banquete, Vasti, en un gesto de orgullo y de comprensible dignidad ofendida, se niega a exhibir su belleza ante los invitados de su marido. Enfurecido, el rey la repudia, ordena expulsarla de la corte y busca nueva esposa entre las jóvenes del reino, al tiempo que promulga una ley para someter a las esposas a sus maridos. Ester es una de las muchas doncellas que son apartadas forzosamente de su familia para ser presentadas ante el rey. Es educada y preparada para ser una perfecta amante y esposa y, finalmente, su encanto seduce al rey Asuero, quien la toma por esposa, convirtiéndola en reina de Persia. Ella oculta prudentemente, durante un tiempo, su origen judío, pero no pierde el contacto con su pueblo, a través de su tío y padre adoptivo, Mardoqueo. A lo largo del libro se nos desvelan las intrigas del ambicioso Amán, que llega a convertirse en el hombre fuerte de Asuero, y que decide ordenar la persecución y exterminio de los judíos de todo el imperio, con el fin de incautar todos sus bienes y apoderarse de sus riquezas. Ester interviene con sutil habilidad y, ayudada por diversas circunstancias que aprovechan con astucia tanto ella como su tío Mardoqueo, persuade al rey para cambie de parecer. Finalmente, Amán cae en desgracia y Ester consigue que los judíos sean protegidos y respetados en todo el reino. Persia alcanza un período de gran esplendor y su tío Mardoqueo llega a convertirse en uno de los principales ministros del rey.

Para la mentalidad de las mujeres de hoy, esta historia puede parecernos indignante. La actitud de Vasti, negándose a ser tratada como una mujer objeto, resulta mucho más cercana a nuestra sensibilidad que la conducta de Ester, dócil y sumisa a un esposo autoritario y caprichoso, a quien permanece fiel. Tal vez nos subleva ver cómo Ester emplea sabiamente sus artes femeninas para conseguir sus objetivos… Y, sin embargo, el relato nos muestra cuán estéril es la rebeldía de Vasti y, en cambio, cuántas vidas logra salvar la dulce diplomacia de Ester.

Ester tiene mucho que decirnos a las mujeres contemporáneas. En un mundo sacudido por la violencia, dominado por poderes que provocan y permiten situaciones de flagrante injusticia, Ester nos muestra la fuerza de la ternura frente a la inutilidad del enfrentamiento agresivo. Como reza un sabio refrán, más vale aliarse al enemigo que luchar contra él. Ante una persona que consideramos injusta, o cuya manera de pensar y hacer es diametralmente opuesta a la nuestra, el enfrentamiento es infructuoso, y sólo puede generar más violencia. Sólo cuando seamos capaces de escuchar y respetar al otro, creyéndole capaz de albergar bondad en su interior –porque todo el mundo lo es –esa persona percibirá nuestro respeto y puede comenzar a cambiar. El mismo Jesús de Nazaret lo mostró en su vida muchos años más tarde. Jesús no se detuvo a criticar a los recaudadores de impuestos; se sentó a la mesa con ellos. Así fue como Zaqueo, el publicano odiado por sus conciudadanos, a quienes estafaba, sintiéndose honrado por Jesús, decidió, por iniciativa propia, devolver lo robado y comenzar a trabajar honestamente.

La historia de Ester revela que sólo el amor y la consideración pueden dignificar y cambiar a las personas. Con su ternura inteligente y su paciencia lúcida, consiguió lo que no podría lograr un gran ejército. La fuerza del amor es más poderosa que todas las armas del mundo.

domingo, noviembre 06, 2005

El gozo de la mujer que confía


"El Espíritu Santo es el gozo de Dios que se transmite a la humanidad"
Eloy Bueno de la Fuente, teólogo.

Hoy quiero detenerme en la figura de una mujer bíblica: Miriam, la hermana de Moisés. Apenas aparece en dos o tres breves pasajes del Exodo, pero vislumbramos en ellos a una mujer fuerte y animosa, llena de fe.

Miriam es la jovencita que, de acuerdo con su madre, y para salvar la vida de su hermano recién nacido, arroja la canastilla con el bebé en las aguas. Es la niña que, vigilante, observa cómo el niño es recogido por la hija del faraón y le ofrece buscarle una nodriza, su propia madre. Años más tarde, cuando Moisés emprende la misión de sacar a su pueblo de Egipto, vemos a Miriam como "la profetisa, hermana de Aarón". En una de las escenas más bellas del Antiguo Testamento, leemos que Miriam, tomando un pandero, sale a cantar y a danzar la gloria de su Dios, que los ha rescatado de las aguas del mar Rojo y de la furia del faraón. Tras de ella, todas las mujeres del pueblo salen, bailando y tocando instrumentos.

Miriam personifica el gozo de la mujer que ha confiado en Dios y ha sido escuchada. Su alegría es exultante, y se expresa en forma de cánticos y danzas. Arrastra a las demás mujeres. Vemos en ella a la mujer líder que entusiasma a sus compañeras, movida por el júbilo de un Dios que la colma.

Pero Miriam no sólo ha confiado en su Señor. Desde muy joven, también ha puesto los medios para que éste actúe. No ha permanecido pasiva. Ha acompañado a su hermano Moisés desde su nacimiento, y también a su otro hermano, Aarón, en su liderazgo como portavoz y sacerdote de su pueblo. Es llamada "profetisa". Comparte con ellos el don de transmitir un mensaje de Dios a su gente. Y, aunque en el relato bíblico apenas vuelve a ser mencionada, podemos intuir que su trayectoria va íntimamente ligada a la de los hombres que dirigían el pueblo de Israel en su camino hacia la liberación.

Miriam la hermana de Moisés es un espejo para la mujer cristiana de hoy. Fiel y constante, audaz y valerosa, ha sabido proteger la vida de sus hermanos y acompañarlos en su misión. Y, con ellos, puede cantar con el gozo desbordante de quienes lo han arriesgado todo por el amor de Dios y no han sido defraudados.

domingo, octubre 30, 2005

La mujer y la nueva evangelización. El arte de escuchar


En medio de una sociedad que vive cada vez más de espaldas al hecho religioso, el cristianismo sigue conservando vivo su mensaje y tiene algo que decir a nuestro mundo de hoy. Muchas personas desconocen en gran medida la fe o la rechazan por prejuicios. En estas circunstancias, cuando el mundo ignora o rechaza el hecho cristiano, ¿cómo evangelizar? ¿Cómo llevar esperanza a un mundo convulso? ¿Cómo transmitir un mensaje que muchos no quieren escuchar? ¿Cuál es el papel de la mujer cristiana en la nueva evangelización?
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domingo, octubre 16, 2005

Más sobre la caridad


Escuchando una entrevista a dos Hijas de la Caridad, por el programa de TV 2 "Últimas preguntas", recojo palabras bellísimas que estas dos religiosas pronuncian sobre la auténtica caridad y su significado. La caridad, tan desvirtuada y confundida con asistencialismo o con otras formas de voluntarismo a veces un tanto egoísta, es, en realidad, el amor.

Dar caridad es hacer que la otra persona se sienta valiosa, única y digna de ser amada, por lo que es y tal como es, y no por lo que hace o tiene. La caridad nunca hace de la otra persona un objeto. El otro, sea cual sea su situación, no es una cosa a la que yo debo cambiar. La caridad dignifica al ser humano. Hace al otro sentirse amado. Quien ejerce la caridad está transmitiendo, a través suyo, el amor inmenso de Dios hacia la persona.

Se pueden hacer muchas cosas y emprender muchas actividades solidarias. La diferencia entre solidaridad y caridad es trascendental: en la caridad Dios está presente. Y Dios es amor. Cuando el amor impregna la acción solidaria estamos hablando de caridad.

domingo, octubre 09, 2005

Caridad y solidaridad, ¿otro debate?


En mi artículo anterior hablé sobre el debate que se da en el mundo de la solidaridad entre los conceptos de “integración” y “beneficencia”. Esta vez quisiera reflexionar sobre otro debate, no menos animado que el primero. Se trata de la discusión acerca de la caridad y la solidaridad. Continúa