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jueves, marzo 05, 2009
domingo, enero 18, 2009
Vuestro cuerpo es un santuario
¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado a un precio. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo! 1 Co 6, 13-20
Para la mayoría de personas el cuerpo es importante. Muchos son los que valoran la salud por encima de cualquier otra cosa. Cuando enfermamos o sufrimos alguna discapacidad nos damos perfecta cuenta de lo importante que es para nosotros el cuerpo físico.
El cuerpo es un don de Dios, y así nos lo recuerda san Pablo. Al contrario de lo que cree mucha gente, el Cristianismo no desprecia el cuerpo, ni lo considera algo malo. Es una obra maravillosa del Creador y más aún: su santuario.
El cuerpo, como templo, es sagrado. Por esto es importante cuidarlo y evitar los hábitos que lo maltratan y lo estropean. Cuidar la salud es dar gloria a Dios, pues sin el cuerpo, ¿cómo podríamos amar, trabajar y elevar una voz de alabanza? Pero más allá de la salud, Pablo nos advierte sobre el uso que damos a nuestro cuerpo. Que nunca sea instrumento de dominación, de daño o de sumisión, ni para nosotros ni para nadie. El cuerpo no es una mercancía. Quien así lo usa, dice Pablo, se está agrediendo a sí mismo, además de herir a Dios. Nunca olvidemos que el cuerpo es la casa del alma, allí donde se condensa nuestra propia identidad y el soplo de Dios en nuestra vida.
Para la mayoría de personas el cuerpo es importante. Muchos son los que valoran la salud por encima de cualquier otra cosa. Cuando enfermamos o sufrimos alguna discapacidad nos damos perfecta cuenta de lo importante que es para nosotros el cuerpo físico.
El cuerpo es un don de Dios, y así nos lo recuerda san Pablo. Al contrario de lo que cree mucha gente, el Cristianismo no desprecia el cuerpo, ni lo considera algo malo. Es una obra maravillosa del Creador y más aún: su santuario.
El cuerpo, como templo, es sagrado. Por esto es importante cuidarlo y evitar los hábitos que lo maltratan y lo estropean. Cuidar la salud es dar gloria a Dios, pues sin el cuerpo, ¿cómo podríamos amar, trabajar y elevar una voz de alabanza? Pero más allá de la salud, Pablo nos advierte sobre el uso que damos a nuestro cuerpo. Que nunca sea instrumento de dominación, de daño o de sumisión, ni para nosotros ni para nadie. El cuerpo no es una mercancía. Quien así lo usa, dice Pablo, se está agrediendo a sí mismo, además de herir a Dios. Nunca olvidemos que el cuerpo es la casa del alma, allí donde se condensa nuestra propia identidad y el soplo de Dios en nuestra vida.
domingo, enero 11, 2009
San Pablo nos enseña la libertad de pensamiento
Hoy os ofrezco extractos de una entrevista a Mn. Jordi Sánchez Bosch, miembro de la Pontificia Comisión Bíblica, especialista en San Pablo y autor de varios libros sobre el apóstol. Publicada en Catalunya Cristiana, 8 enero 2009, con motivo del Año Jubilar Paulino.
¿Por qué conocemos tan poco a Pablo?
—Es curioso, porque con todas las cartas que conservamos de Pablo aún no lo conocemos bien. Quizás tiene que ver con el hecho de que nos asusta un poco, porque pensamos que no lo entenderemos, porque Pablo no es sencillo. Para leer a Pablo hay que reflexionar, ya que dice muchas cosas en pocas palabras. Por tanto, hay que detenerse, leerlo con calma… y no estamos muy acostumbrados a leer despacio. Además, existen ciertos prejuicios alrededor de la figura de Pablo: que si era misógino, que tenía mal carácter… Yo creo que nada de esto es verdad.
¿En qué se basa?
—Me baso en el hecho de que en Pablo encontramos polémica, pero una polémica surgida en un momento crucial en que se juega el futuro de la Iglesia, el futuro de la redención. Pensemos en la carta a los gálatas, por ejemplo: si se hubiera impuesto la circuncisión en la Iglesia, el crecimiento del Cristianismo se habría frenado y se habría apartado a media humanidad. Pablo tuvo la lucidez de afirmar que un gentil, sin dejar de ser fiel a su cultura, puede seguir a Cristo, porque el seguimiento de Cristo es lo esencial. Por tanto, Pablo se enfada mucho cuando ve que sus tesis se ponen en duda. Esta actitud de Pablo no muestra una persona de mal genio, sino una persona que ante un problema importante se muestra firme. En la segunda carta a los corintios pasa algo parecido. Hay un ataque frontal al programa de Pablo y él tiene que poner las cosas claras. Pero, en cuanto al resto, si nos fijamos en sus cartas, vemos que Pablo era una persona afectuosa y amable, y que tenía amigos por todas partes…
¿Y el trato hacia las mujeres?
—Yo creo que este aspecto también se explica perfectamente si nos situamos en aquella época. El principio del marido como amo de la esposa se da en toda cultura: oriental, occidental, africana… y en Europa se ha mantenido también, al menos hasta el siglo XIX y parte del XX. Por tanto, en este sentido, Pablo es hijo de su tiempo. Ahora bien, Pablo matiza mucho este aspecto en puntos esenciales al hablar de la igualdad de la mujer (dice que “en Cristo Jesús no hay hombre ni mujer”) y al comparar al marido con Cristo, que lo dio todo por nosotros. Si seguimos sus cartas también veremos que menciona no a una, sino a muchas mujeres, y siempre de manera positiva. Es más, habla de ellas como colaboradoras, valorando su trabajo. Si fuera un misógino, no se molestaría en mencionarlas…
¿Nos cuesta entender a Pablo porque, en general, desconocemos el Antiguo Testamento?
—Es cierto que esto también influye. Por eso creo que no es bueno que en la catequesis de hoy olvidemos el Antiguo Testamento, porque contiene narraciones con claves y mensajes que Pablo utiliza. Si no tenemos esta base bíblica, nos resultará muy difícil comprender a Pablo.
¿Cómo podemos acercarnos a Pablo?
—En principio, no hemos de pretender leer una carta entera, de golpe, sino poco a poco. Segundo, leer también las notas que trae la Biblia, que nos ayudarán a comprender mejor los textos. Tercero, tener la humildad de reconocer que nunca lo entenderemos todo. Yo hace años que lo estudio… ¡y no lo entiendo todo! Pero conocer a Pablo no es imposible.
¿Qué nos dice Pablo, hoy?
—En primer lugar, nos dice que tiene que haber comunidades cristianas. En cierto modo, aún tenemos la idea de que vamos a la iglesia por nosotros mismos y nos sentamos detrás de todo, en la última fila, y no hablamos con nadie… ¡Y precisamente una de las novedades que aporta el Cristianismo es que los cristianos formamos una comunidad! Por un lado, Pablo nos recuerda esto. Y, por otro, nos dice que las cosas del mundo interesan a los cristianos. Todo lo que el mundo pueda tener de aprovechable hay que aprovecharlo e intentar colaborar con el mundo. Además, san Pablo tiene un sentido muy grande de la libertad. Hay que pensar las cosas muy bien, y él es un ejemplo. Reflexiona mucho sobre el legalismo y se pregunta para qué sirve la Ley, tal cual, sin espíritu. San Pablo nos enseña la libertad de pensamiento. Otra cosa que nos ilumina es su entrega. Él se entregó totalmente. Para el cristiano, es modelo de entrega hasta la muerte. San Pablo lo tenía clarísimo y, hoy día, hemos de aceptar que el “comodismo” no es lo más indicado para un cristianismo auténtico. Pienso que nuestra época no es tan diferente de la de Pablo y que podemos establecer paralelismos. Hay que tener el valor de confesar la fe frente a quienes no la tienen. Hoy día nos falta esto, porque hay gente que es creyente, pero se esconde. Nos avergüenza confesar la fe.
¿Hemos idealizado la figura de Pablo?
—Quizás sí hemos idealizado mucho a Pablo y nos resulta una figura difícil de imitar. De hecho, es una figura humana difícil de imitar porque solemos fijarnos en las cosas más difíciles de los santos, porque son las importantes. Pero no por eso hemos de pensar que son inaccesibles.
Entrevista realizada por Rosa María Jané Chueca.
martes, enero 06, 2009
Carta a los Reyes de Oriente
Dicen que llegasteis de lejos, de países remotos… Los sabios explican que, en vosotros, toda la humanidad está representada: todas las naciones, todas las culturas.En esta fiesta, recordamos vuestro largo viaje siguiendo una estrella, y celebramos vuestro hallazgo en la cueva de Belén.
¿Qué podemos pediros, nosotros que ya lo recibimos todo de Dios?
¡Lo hemos recibido a él mismo!
Que toda la humanidad, como vosotros, se postre ante un Dios que se hace niño.
Que cada ser humano extraiga un tesoro de su corazón, para ofrecérselo generosamente.
Que de nuestros labios salgan palabras de alabanza, como incienso que adora a un Dios rebosante de amor.
Que de nuestro pecho salga el entusiasmo incansable, más valioso que el oro, para expandir tu reino a todo el mundo.
Que nuestras manos acaricien la Creación, renovando todas las cosas con trabajo amoroso, curando como bálsamo de mirra las heridas de la piel y del alma.
Sed hoy, vosotros, nuestra estrella. Que vuestros pasos nos animen a seguiros, en esa carrera hacia nuestra meta, hacia los brazos de Dios.
Y que durante el camino seamos audaces como niños, firmes como adultos y sabios como ancianos.
Que un día lleguemos a ser, también nosotros, pequeñas estrellas luminosas en el camino de quienes buscan a Dios.
domingo, enero 04, 2009
Hijos de Dios
Ef, 3-18
De esta lectura de San Pablo, quiero quedarme con esta frase, que contiene una verdad inmensa: Dios nos quiere hijos suyos.
Estamos tan acostumbrados a oír la expresión “hijos de Dios” que no nos damos cuenta de la enormidad que esto supone. Hombres de todos los tiempos han considerado a Dios como una realidad superior y poderosa, pero alejada de ellos. Otros, desengañados, consideran la fe una invención, un consuelo para ingenuos o un instrumento de manipulación. ¡Qué lejos queda todo esto de nuestra fe! ¡Qué lejos del Dios papá de Jesús de Nazaret!
Dios es más revolucionario, más rompedor, más arriesgado, y su amor es más asombroso de lo que jamás podamos concebir. Pablo así lo vive. En el momento en que Dios decide hacernos hijos suyos, nos da todo cuanto él tiene. Ya no somos simplemente sus criaturas, ni mucho menos sus siervos. Pasamos a ser amigos. Y, más que amigos, hijos entrañables, carne de su carne. Por nosotros, Dios mismo, a través de Jesús, está dispuesto a morir.
La vida de Jesús, su íntima unión con Dios Padre, nos abre camino a esa relación de hijos. ¡Sentirnos hijos de Dios! ¿Puede algo infundirnos mayor fuerza, entusiasmo y esperanza?
Es ahora, en tiempo de Navidad, cuando celebramos el primero de sus dos grandes gestos de amor a la humanidad: nacer como niño, hacerse hombre, para vivir con nosotros y mostrarnos el camino hacia una vida nueva. El segundo gran gesto lo celebraremos en Pascua, con su muerte y resurrección. Entonces nos abrirá las puertas del cielo definitivamente.
domingo, diciembre 28, 2008
Por fe, saber darlo todo
He 11, 8-19Por fe obedeció Abraham a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber a dónde iba…Por fe, Abraham, puesto a prueba, ofreció a Isaac, y era su hijo único… Pero Abraham pensó que Dios tiene poder para hacer resucitar muertos. Y así recobró a Isaac como figura del futuro.
Esta lectura de Pablo apela con rotundidad a nuestra fe. Pongámonos en el lugar de Abraham, de Sara, de esos hombres y mujeres de la Biblia que creyeron sin vacilar. ¿Seríamos capaces, nosotros, de renunciar a tanto? ¿Somos capaces de dejar en manos de Dios nuestro hogar, nuestra familia, nuestros bienes… todo cuanto tenemos? ¿Nos atreveríamos a entregarle nuestra propia vida, nuestro porvenir? ¿Nos fiamos de Dios?
Abraham, que tenía una fe sólida, lo hizo. Y era un ser humano, con sus defectos y sus cualidades, como cualquiera de nosotros. También era un hombre rico y ansioso por formar una familia, así que aún podía resultar más posesivo que otras personas. Sin embargo, lo entregó todo a Dios y por él lo arriesgó todo. Sabía de quién se fiaba.
Los cristianos estamos llamados a tener esa fe. No se trata de dejarlo todo, literalmente, sino de no apegarnos a ello y ponerlo en manos de Dios. Incluso lo que más queremos. En estas fechas festivas, en que todos nos reunimos con la familia, podemos tender a ser posesivos y dominantes en las relaciones familiares. Para muchas personas, la familia es el bien más grande, por encima de todos los demás, y se aferran a ella sin saber contemplarla con una mirada trascendente. De ahí surgen luego muchos conflictos internos que no siempre se consiguen superar.
Cuántas veces preferimos darle a Dios migajas, bien acompañadas con oraciones, misas, rituales… y olvidamos ofrecerle lo que realmente es importante para nosotros. No tengamos miedo. ¡Dios da el ciento por el uno! Pongamos en sus manos, de corazón, aquello que amamos, y dejemos que él disponga de todo. Sepamos, incluso, renunciar a ciertos bienes o situaciones cómodas que, aunque nos resulten agradables, pueden anquilosar nuestra alma y encastillarnos en nuestro egoísmo o en nuestra vanidad. Sepamos soltar amarras y fiarnos del mejor navegante, nuestro Dios. Porque lo que nos aguarda es inmensamente mejor que lo que dejamos atrás.
jueves, diciembre 25, 2008
Navidad, un deseo colmado
Como las nubes ondeantes,como el incesante gorjeo del arroyo,
el hambre del espíritu nunca puede ser saciada.
Hildegard von Bingen
Me acaban de regalar un precioso disco con canciones compuestas por esta mística alemana que vivió entre los siglos XI y XII. Los versos que he citado arriba y que he traducido libremente me inspiran una pequeña reflexión hoy, día de Navidad.
El deseo del espíritu –el hambre– nunca puede ser aplacado. Cuántos místicos han sentido esa sed abrasadora dentro, una sed que la presencia de Dios, el amado, colma y a la vez exacerba aún más.
Los versos de Hildegard expresan bellamente una realidad connatural al ser humano: su sed de inmortalidad, su ansia de infinito. Dentro de cada persona hay un hueco, un vacío insondable, que nada puede llenar, sino Dios.
Y cada cual lo siente a su manera, dependiendo de su sensibilidad, su historia, su formación y sus experiencias religiosas. Pero todos contenemos en nuestro interior ese pozo ávido de inmensidad que sólo puede llenarse con una presencia que viene desde fuera de nosotros, y que nos sobrepasa.
Y la Navidad es justamente la fiesta de una promesa cumplida y un deseo colmado. ¡Cuántas veces lo habré escrito! Nuestro Dios no espera que imploremos su piedad ni que emprendamos un arduo camino para alcanzarlo; es él quien corre y “baja” hacia nosotros. La nuestra es una fe de “pequeñitos”, demasiado débiles para elevarse hacia Dios, pero sí capaces de abrirle nuestras puertas y recibirlo cuando viene. Y Dios, para no hacernos daño ni abrumarnos con su grandeza, hace algo insólito: nos viene menudo, frágil, tierno. No sólo no nos impresiona con su poder, sino que llora, busca nuestro regazo y suplica nuestro amor.
Y así, el único Dios que puede saciar nuestro deseo infinito se hace pobre y sediento para pedirnos que le alimentemos con nuestro amor. En ese giro maravilloso e impensado se produce el milagro, y el amor fluye entre el Creador y su criatura. El fuego del Espíritu Santo corre por las venas de la tierra y, como dice el salmo, “toda la Creación exulta. Brama el mar, se alborozan los campos y cantan los árboles del bosque”. ¡Porque nos ha nacido un Salvador!
domingo, diciembre 21, 2008
Atrás queda el misterio
De la carta a los Romanos (Rm 16, 25-27)…Cristo Jesús, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe al Dios, único sabio…
Este párrafo tan solemne quizás nos resulte un tanto complicado a los profanos, no muy entendidos en Teología. Sin embargo, su significado es enorme, pues rompe muchos prejuicios e ideas antiguas sobre la religión y la fe.
Nuestra fe no es misteriosa ni elitista
El apóstol nos habla de un misterio revelado. El Cristianismo, sin duda, es una religión revelada. Lejos de nuestra fe el misterio, lo enigmático, el ocultismo y los grandes secretos reservados para los iniciados. El Cristianismo es el polo opuesto del esoterismo y los cultos mistéricos, sólo aptos para unos pocos elegidos. Hoy día, en que hay una efervescencia espiritual variopinta, muchas personas buscan sentido a sus vidas en diferentes religiones y formas de espiritualidad. No faltan aquellas que atraen adeptos con mensajes seductores e incitantes, prometiendo revelar secretos que sólo con ciertas prácticas y conocimientos se pueden alcanzar. También están muy de moda las teorías de quienes tiñen el Cristianismo de un halo de magia y oscurantismo, queriendo arrancar sombras y enigmas arcanos de una fe que, desde su misma raíz, es luz.
Pablo, que se siente amado y llamado por Jesús, lo comprende muy bien, y de ahí le viene esa fiebre misionera, ese ardor. Nuestro Dios no se reserva a sí mismo, sino que quiere darse a todos. El Cristianismo, por tanto, es una religión con vocación universal. El amor de Dios no entiende de culturas, de clases sociales, de lenguas o de países. Es para todo el mundo. Por eso no se encerró en el pueblo judío, ni siquiera en Roma. Los apóstoles así lo entendieron: nuestra Iglesia es una familia universal. Este es el verdadero significado de la palabra “católica”.
¿Qué significa “obediencia a la fe”?
Y, ¿qué nos une a esta gran familia? Por encima de doctrinas, valores o ideas, nos une una persona, Jesús. Pero sólo nos une si realmente estamos adheridos a él. Nuestra amistad íntima con Jesús nos llevará a unirnos a los demás. Si no es así, tal vez nuestra fe se ha quedado en meros formalismos o en una doctrina rígida y vacía.
Pablo utiliza otra palabra que nos suele incomodar: la obediencia. Cuántos pensadores ateos han aprovechado este concepto para tachar a la religión de una forma de dominar y manipular conciencias. En realidad, obediencia a Dios no significa esclavitud, ni sumisión ciega. Obedecer, como ya nos explican los teólogos, es seguir, adherirse, identificarse con aquel que amas y sabes que desea tu bien. El mayor ejemplo de obediencia lo tenemos en Jesús. Su libertad fue justamente ésta: convertir a Dios Padre en el centro de su vida y hacerlo todo unido a él. Nuestra obediencia a la fe, como dice Pablo, no es acatamiento de unas normas, sino lealtad y fidelidad por puro amor.
Por otra parte, ¿cómo podemos temer los designios de Dios? Recuerdo una vez más las palabras del Papa Benedicto en su discurso de investidura: No temáis a Jesucristo. Él no os quitará nada, ¡nada!, de lo que es bueno, bello y digno para la persona. Dios no nos arrebatará la vida, al contrario. Nos quiere a su lado para enriquecerla y hacerla hermosa, llena de sentido, y eterna.
domingo, diciembre 14, 2008
Estad siempre alegres
1 Ts 5, 16-24Estad siempre alegres. Sed constantes en el orar. Dad gracias en toda ocasión... No apaguéis el Espíritu, no despreciéis el don de profecía... que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.
Las exhortaciones de Pablo a sus comunidades son tan actuales que podrían estar dirigidas a los cristianos y a las parroquias de hoy. ¿Qué nos dice en esta ocasión? ¡Que estemos alegres! La alegría debería ser un distintivo de todo cristiano. Como dice Santa Teresa, “un santo triste es un triste santo”… y todos estamos llamados a la santidad.
No se trata de una alegría inconsciente ni superficial, sino una alegría profunda, enraizada en algo más que nuestra voluntad o nuestras propias fuerzas. Nuestra alegría arraiga en el sabernos amados por Dios. Nuestro gozo arranca de una noticia que calma todas nuestras inquietudes: Dios no sólo nos ama, sino que nos salva y nos da su propia vida.
“No apaguéis el Espíritu en vosotros”, dice Pablo. No dejemos que esa llama se extinga. Todos y cada uno de los cristianos hemos recibido un don enorme para ser apóstoles. No querer potenciarlo ni dejar que alumbre es apagarlo, despreciarlo. Cada vez que, por miedo, pereza o falsa modestia esquivamos ese don de profecía, ese coraje, estamos rechazando al mismo Espíritu Santo; estamos desdeñando el regalo de Dios. En cambio, si lo aceptamos y lo hacemos crecer, Dios mismo “nos consagrará”. Y, como dice Pablo, jamás nos faltará nada, pues él siempre velará por nosotros.
domingo, diciembre 07, 2008
Un cielo nuevo y una tierra nueva

Comentarios a la segunda carta de san Pedro
2 Pe 3, 8-14
El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.
El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.
Estas palabras de Pedro nos tocan muy adentro. A menudo elevamos nuestras plegarias a Dios, angustiados e impacientes, y nos desanimamos cuando éste parece no responder. Queremos soluciones rápidas y Dios tiene otros ritmos, que nos cuesta comprender. Por eso, muchas personas se irritan y acaban clamando contra el cielo. Dios no escucha, dicen. Dios “pasa” de la humanidad. Se ríe, juega con nosotros.
Los seres humanos podemos perder la paciencia… ¡pero Dios no la pierde! Ante nuestra obcecación, él aguarda, enviándonos muchos signos de su amor, esperando que un día veamos claro cuánto nos ama y nos convirtamos. No quiere que nos consumamos en nuestra desesperación, sino que comencemos a vivir de otra manera, más serena, más profunda y con una visión trascendente de las cosas.
¿Llegaremos a entenderlo? Necesitamos calma, tiempo y silencio para escuchar esos signos… Y si esto aún no es necesario, tal vez la vida nos golpeará con situaciones que nos obligarán a detenernos y a recapacitar.
Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.
Ahora, las frases del apóstol tienen ecos proféticos y más de uno puede pensar: ¡ingenuidad de los cristianos! Suenan muy bien, pero no dejan de ser “música celestial”. ¿Dónde están ese cielo nuevo y esa tierra nueva? ¿No serán una utopía apta para mentes simples e inocentes?
Pedro nos da una pista: “apresurad la venida del Señor”. Esa venida no es un hecho futuro. Dios ya ha venido. Su llegada es inminente y se produce, día tras día, cada vez que alguien le abre su corazón y se deja penetrar por su fuego. Ese cielo nuevo y esa tierra nueva no son algo lejano e irreal, sino algo que está en nuestras manos; es una realidad que podemos construir ahora mismo, y cada día. Estamos viviendo ya ese cielo nuevo y esa tierra nueva cuando permanecemos alerta, vigilantes, y cuando nuestra vida se convierte en donación amorosa y en servicio alegre a los demás.
Esa justicia de la que habla Pedro no es simple legislación humana. La justicia, en la Biblia, alude siempre a la “justicia de Dios”. ¿Y cuál es esta justicia? No es otra que su amor desmesurado, que se derrama “sobre justos y pecadores”, sin distinción. Por tanto, la característica esencial de ese mundo nuevo es justamente ésta: el amor incondicional, sin medida, sin límites, y a todos. El mundo nuevo está formado por hombres y mujeres que, al igual que Jesús, han aprendido que dar toda su vida a los demás es encontrar la plenitud.
domingo, noviembre 30, 2008
Dios es siempre fiel
No carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros… Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo. ¡Y él es fiel!
San Pablo escribe a los cristianos de Corinto y les recuerda que, al ser llamados a la fe, han recibido muchos dones. Son los dones del Espíritu Santo, el mismo aliento de Dios que recibieron los apóstoles, la misma fuerza y la misma sabiduría. Estos dones también los hemos recibido los cristianos de hoy, en el bautismo, y a través de los sacramentos. ¿Somos conscientes de ello? ¿Nos damos cuenta de que tenemos el mismo don, la misma fuerza y el mismo amor de Dios que ellos?
Por esto, dice Pablo, esos dones los mantendrán firmes hasta el final. También nosotros, hoy, hemos de cavar en el pozo de nuestra alma para extraer los tesoros que Dios sembró en ella. Sabernos amados y reconfortados por él nos hará fuertes y nos permitirá resistir todas las dificultades de nuestra vida. También podremos afrontar los ataques y acusaciones cuando otros critiquen nuestra fe. La vida a la que estamos llamados es hermosa, intensa y llena de sentido: es la vida de Jesucristo, que se da a los demás, rebosando amor.
Esta es la vida que, en el fondo, todos anhelamos y ya hemos recibido. Nosotros podemos olvidarlo y flaquear, pero Pablo nos anima recordándonos que Dios nunca falla y siempre, siempre es fiel.
domingo, noviembre 23, 2008
Dios lo será todo para todos
Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el hijo se someterá a Dios… Y así Dios lo será todo para todos. 1 Cor 15, 20-28
Las palabras rotundas de Pablo en esta lectura nos pueden parecer demasiado enérgicas. Nos evocan una espiritualidad quizás autoritaria o impuesta, con tintes marciales. Pero hay que entenderlas a la luz de la vida de Jesucristo. Él nunca vino a imponer ni a sojuzgar a nadie, más que al mal. Jamás aspiró a tener poder, ni político ni religioso. Su mensaje era de libertad y su realeza se manifestó, ¡qué contradicción tan grande!, cuando fue condenado y clavado en una cruz.
La realeza de Cristo “no es de este mundo”. Un mundo que, desde antiguo, siempre ha querido crecer y progresar, muchas veces dejando a Dios al margen. Los imperios humanos detentan gran poder y parecen dominarlo todo. Muchas personas somos conscientes de que el mal campa por sus respetos y la tentación del desánimo o de la resignación es muy fuerte. Pero Pablo nos dice que no siempre será así. El mal no es el dueño del mundo, aunque a veces lo parezca. El verdadero rey es Cristo. Hay una fuerza mucho más poderosa que mueve el universo, y gracias a ella la humanidad se sostiene, pese a todo. Lo que realmente vencerá en el mundo no es el poder, sino el servicio. Por encima del mal triunfará el amor. Esto ya está sucediendo. Allí donde las personas renuncian a dominar a los demás y optan por amar y servir, allí reina Dios. Y allí donde Dios se convierte en el centro, reina una vida plena y gozosa, que vence a la misma muerte.
“Dios lo será todo para todos”: esta es la vivencia, honda y palpable, que anima a Pablo en su misión. “Sólo Dios basta”, dirá, muchos siglos más tarde, otra gran mística. ¡Ojalá sea así, ya ahora, para los creyentes!
domingo, noviembre 16, 2008
Sois hijos de la luz
1 Ts 5, 1-6
Sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados.
Estos párrafos, con tintes apocalípticos, nos dan que pensar ahora que vivimos tiempos de crisis a escala mundial. El día del Señor se presentará de improviso, dice Pablo, haciéndose eco de aquella parábola de Jesús sobre los ladrones que irrumpen en la casa de noche. Sí, las pruebas, las dificultades y la desgracia se abaten sin avisar, y a muchas personas las pillan desprevenidas, hundiéndolas en el pesar y el desespero.
Pero nosotros, los cristianos, estamos llamados a vivir despiertos. Estamos llamados a abrir los ojos, los oídos y el corazón a la realidad que nos rodea; a ser sensibles, inteligentes y previsores. Y, por encima de las crisis y los problemas, estamos llamados a mirar el mundo desde la perspectiva de Dios, una perspectiva que da a las cosas su correcta dimensión. Desde esa óptica, nítida y luminosa, apreciamos lo que es realmente importante y aprendemos a dejar a un lado las preocupaciones inútiles y a afanarnos por aquello que realmente vale la pena. “Somos hijos de la luz”, dice Pablo. Hemos recibido un regalo sin hacer nada para merecerlo: la resurrección de Cristo y, con ella, la vida eterna. Con este tesoro en el corazón, podemos mirar el mundo con lucidez y resistir todos los embates del dolor y la tragedia con serenidad.
Sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados.
Estos párrafos, con tintes apocalípticos, nos dan que pensar ahora que vivimos tiempos de crisis a escala mundial. El día del Señor se presentará de improviso, dice Pablo, haciéndose eco de aquella parábola de Jesús sobre los ladrones que irrumpen en la casa de noche. Sí, las pruebas, las dificultades y la desgracia se abaten sin avisar, y a muchas personas las pillan desprevenidas, hundiéndolas en el pesar y el desespero.
Pero nosotros, los cristianos, estamos llamados a vivir despiertos. Estamos llamados a abrir los ojos, los oídos y el corazón a la realidad que nos rodea; a ser sensibles, inteligentes y previsores. Y, por encima de las crisis y los problemas, estamos llamados a mirar el mundo desde la perspectiva de Dios, una perspectiva que da a las cosas su correcta dimensión. Desde esa óptica, nítida y luminosa, apreciamos lo que es realmente importante y aprendemos a dejar a un lado las preocupaciones inútiles y a afanarnos por aquello que realmente vale la pena. “Somos hijos de la luz”, dice Pablo. Hemos recibido un regalo sin hacer nada para merecerlo: la resurrección de Cristo y, con ella, la vida eterna. Con este tesoro en el corazón, podemos mirar el mundo con lucidez y resistir todos los embates del dolor y la tragedia con serenidad.
domingo, noviembre 02, 2008
Fieles Difuntos -ciudadanos del cielo
Hermanos, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador, el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Flp 3, 20-21Dos enseñanzas impactantes podemos extraer de estas palabras. La primera: los cristianos somos ciudadanos del cielo. Por encima de nuestros orígenes, nuestra nacionalidad, nuestras ideas, somos del cielo. El reino de Dios es nuestra verdadera patria y Jesús es nuestro verdadero rey. Seamos conscientes de esto, y seguramente muchas de nuestras actitudes e ideas cambiarán. El cristiano es el hombre o la mujer libre que sólo se arrodilla ante Dios y no se deja arrastrar por ningún otro poder mundano.
La segunda gran verdad, que creemos los cristianos, es ésta: somos mortales y nuestro cuerpo terrenal desaparecerá. Pero, al igual que Jesucristo resucitó en cuerpo y alma, así también lo haremos nosotros algún día. ¿Cómo podemos saberlo? Por la gran noticia de la resurrección. Nuestra fe se asienta en ese acontecimiento que ha revolucionado la historia. Dios nos ha hecho eternos y, por amor a su Hijo, nos dará en su momento otro cuerpo sagrado que será imperecedero.
Para Dios, creador de todo el universo, nada hay imposible y su voluntad es poder amarnos eternamente. Por eso ha sembrado en nosotros la semilla de la inmortalidad.
Somos hijos de Dios
Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él… Todo el que tiene esperanza, se purifica a sí mismo, como él es puro.1 Jn 3, 1-3
Este párrafo de la carta de San Juan condensa una de las enseñanzas clave del evangelio: ¡somos hijos de Dios!
La fe de Jesús se arraiga en una larga tradición judía que él recoge y lleva hasta las últimas consecuencias. Ya en el Génesis se atisba esta convicción: Dios crea al hombre a su imagen y semejanza. Habla con él, busca su compañía, incluso le otorga autoridad sobre el mundo creado. Para Dios, somos algo más que criaturas: somos hijos. Y los hijos comparten mucho con sus padres. Así, San Juan dice que cuando él se manifieste, seremos “semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”.
Ser conscientes de que somos hijos de Dios es algo inmenso, que cambia la vida y transforma nuestros esquemas mentales. De ahí la exclamación vehemente de Juan: ¡lo somos! Y esto nos acerca a la vivencia de Jesús, que amó al Padre hasta la muerte y actuó siempre estrechamente unido a él. Sabernos hijos de Dios nos da la paz, la confianza, el coraje y un gozo desbordante que supera todas las dificultades de la vida.
Pero, dice San Juan, el mundo no conoce a Dios ni tampoco a sus hijos. Esa es la gran tragedia de una parte de la humanidad, y que también se describe en el Génesis: el afán de poder y la desconfianza quiebran la relación con Dios y provocan un distanciamiento. Cuando la humanidad llega a ignorar a Dios se hunde en su propio caos. Tanta es la confusión, que no puede percibir su presencia, siempre latente en la historia. Y aquel que no reconoce a Dios, tampoco verá que los hombres sean hijos suyos. De ahí que el concepto de la humanidad quede rebajado y las personas pierdan la dignidad y el respeto que merecen sólo por ser hijas de Dios. De ahí la concepción del ser humano en términos meramente biológicos, mecanicistas o utilitaristas, que pueden llegar a degradar lo más profundo y noble de su naturaleza. El Génesis resume el drama humano del alejamiento de Dios de manera poética y rotunda.
Juan, el evangelista de la Palabra encarnada, el que hace girar todo su evangelio en el Dios hecho hombre, en el hombre que es Dios, nos trae también un mensaje de esperanza. La esperanza purifica, porque es algo más que un mero aguardar: la esperanza es certeza, y la certeza nos hace vivir anticipadamente aquello que esperamos, actuando con la convicción de que aquello que deseamos ya nos está concedido.
domingo, octubre 26, 2008
Sois un modelo para los creyentes
1 Ts 1, 5c-10
Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya.
Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya.
El testimonio de una comunidad
Pablo elogia la fe de la comunidad de Tesalónica; una fe tan entusiasta que, según sus palabras, corrió de boca en boca, y los convirtió en ejemplo y modelo a seguir para otras comunidades de Grecia.
Este fragmento ensalza el testimonio eficaz. Los creyentes que viven su fe con autenticidad y convicción profunda son el mejor mensaje. Pablo continúa diciendo en su carta que él y sus colaboradores apenas tuvieron que predicar: la vida de aquella comunidad hablaba por sí sola.
Hoy, los cristianos podemos preguntarnos: ¿qué dice la sociedad, qué dicen nuestros vecinos de la gente de Iglesia? ¿Cómo habla de nosotros el mundo que nos rodea? Pueden criticarnos o no comprendernos, pero, ¿somos realmente testimonio del amor de Dios? ¿Puede decir la gente: “mirad, cómo se aman”? ¿Es nuestra parroquia un lugar abierto, acogedor, donde las personas se sienten atendidas, dignificadas y amadas?
Alegría en medio de las tormentas
Otro aspecto quisiera resaltar en esta lectura. Pablo comenta que estos fieles recibieron la palabra de Dios en medio de luchas, pero con la alegría del Espíritu Santo. ¡Así sucede siempre! La alegría de la conversión no es idílica. Siempre hay que superar obstáculos y oposiciones, no está exenta de dificultades. Además, comprometerse con Jesús tampoco es cómodo: a veces, nos complica la vida y nos exige una entrega que no imaginábamos. Sin embargo, el don de Dios es tan inmenso que su alegría desborda y supera todas las adversidades. Llenos de su amor, podemos superar todas las batallas, internas y externas.
El Dios verdadero libera
Finalmente, Pablo dice que estos creyentes abandonaron los ídolos y se volvieron para servir al Dios vivo y verdadero. Los ídolos, aunque aparenten ofrecer cosas buenas y placenteras, en realidad engañan, porque comportan esclavitud y una muerte lenta. Y no me refiero sólo a las divinidades paganas, sino también a los modernos ídolos que, quizás inconscientemente, adoramos hoy: el dinero, el bienestar, la fama... Quien los adora ha de servirles continuamente, renunciando a veces a lo más genuino de sí mismo.
En cambio, vida y verdad son dos atributos de Dios: servir a Dios no es esclavizarse, sino liberarse y llegar a vivir con intensidad, anteponiendo a todos los valores el amor generoso.
domingo, octubre 19, 2008
Él os ha elegido
Bien sabemos, hermanos amados en Dios, que él os ha elegido y que, cuando se proclamó el evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda.
Este breve párrafo de San Pablo a los tesalonicenses, ¡contiene tantas verdades!
La primera cosa en la que podemos fijarnos es ésta: Dios los ha elegido. Sí, es Dios quien elige, no el ser humano. El primer paso siempre lo da él. El cristianismo es la religión del Dios que “desciende” hacia su criatura. Antes que el hombre se pregunte por la existencia de Dios y anhele la unión con él, éste se anticipa a salir a su encuentro. También podemos decir que nos ha escogido a nosotros, los cristianos de hoy. Pero podemos preguntarnos: ¿por qué Dios escoge a unos y no a otros? ¿No es acaso discriminar?
Hay que entender esta elección no como un filtro discriminatorio, sino como consecuencia de una llamada. Como dice el evangelio, “muchos son los llamados y pocos los escogidos”. ¿Por qué? Porque Dios llama a muchos. De hecho, llama a todos. Pero no todos están dispuestos a escuchar su voz.
Esta comunidad, que ha acogido la palabra de Dios a través de Pablo, su apóstol, es, por tanto, “escogida”. Y ahora pasamos a la siguiente frase, crucial: “no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda”.
Para acoger la llamada de Dios no bastan las palabras. No es suficiente una buena prédica para convertir y operar un cambio en la vida de las personas. Hace falta algo más. Por un lado, el mismo Espíritu Santo inspira a los apóstoles que transmiten su palabra y toca el corazón de quienes escuchan. Quien evangeliza ha de llevar el Espíritu dentro, su fe ha de ser auténtica y encarnada en su vida. Y, por otra parte, está la actitud de los oyentes. Ese fuego de Dios es un don, que prende en las almas preparadas, dispuestas. Quienes creen y se convierten es porque ya tienen una sed de Dios, que los impulsa a abrirse a su llamada. Su fe no es ingenua ni ilusoria, sino “convicción profunda”.
domingo, octubre 12, 2008
Todo lo puedo en aquel que me conforta
Comentarios a la carta a los filipenses (Flp 4, 12-14. 19-20)Hermanos, sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta.
Vivir en pobreza y en abundancia, estar preparado para cualquier situación, revela una enorme libertad interior. Pablo es tan libre de su ego, de sus gustos y preferencias, está tan liberado de ataduras, que puede acomodarse a todos los entornos. No vive encasillado ni preso de seguridades y esquemas.
Los cristianos estamos llamados a ser así. Cada cual se sabe limitado e imperfecto. A veces nos consideramos débiles e incapaces. Pero, ¡que esto no sea una excusa para abandonar nuestra misión! Con la fuerza de Dios lo podemos todo. Un cristiano es una persona libre, que sabe adaptarse a las circunstancias. Sabe convivir entre ricos y pobres, sabe tener bienes sin apegarse a ellos y sabe ser pobre sin angustiarse. Su único tesoro es Dios.
No obstante, Pablo es realista y sabe que para tirar adelante los proyectos humanos son necesarios los recursos, el dinero y la ayuda material. Por eso agradece a la comunidad de Filipos su colaboración. Y no sólo agradece, sino que les asegura que Dios compensará su generosidad con creces:
En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su espléndida riqueza en Cristo Jesús.
Dios devuelve el ciento por el uno. Nuestra generosidad siempre será compensada. Quizás nosotros damos con cierto reparo, midiendo nuestro donativo con prudencia. A lo mejor nuestra aportación es pequeña. Dios, en cambio, responde con esplendidez. Dice el Papa en su libro Jesús de Nazaret que lo propio de Dios es el derroche, la sobreabundancia, la magnificencia. Sí, nuestro Padre del cielo da a manos llenas. Por eso ser generoso es otro distintivo de aquellos que se sienten hijos amados de Dios.
domingo, octubre 05, 2008
El Dios de la paz estará con vosotros
De la carta de San Pablo a los filipenses (Flp 4, 6-9 )"Nada os preocupe, sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, presentad vuestras peticiones a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús".
En estos tiempos que vivimos, de profunda crisis, las palabras de Pablo son un motivo de esperanza y también una guía para navegar entre mares tempestuosos. Nos invita a no angustiarnos más de lo necesario y a no abandonar la oración. Es justamente en medio de los problemas cuando más hemos de confiar en Dios y poner todas nuestras preocupaciones en sus manos. Normalmente, la gente suele hacer lo contrario. En tiempos de bonanza, parece fácil creer y alabar a Dios, pero ¡qué difícil es continuar haciéndolo cuando las cosas se tuercen y van mal! Pablo nos alienta a seguir fiándonos de Aquel que nos ama, y no sólo a pedirle, sino a darle gracias. Sus palabras recuerdan aquellas de Jesús: “pedid, y creed que lo que pedís ya se os ha concedido”. Si aquello que suplicamos a Dios es bueno, confiemos que, en el momento oportuno, nos será otorgado.
¿Qué nos aportará confiar y dar gracias? Algo que todos ansiamos: la paz. No una calma engañosa o una ilusión. Pablo se refiere a “la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio”. Una paz que conservará nuestros corazones a salvo, una paz que nos acercará a Jesús, el que nos puede aliviar y consolar. Es la paz del que se sabe amado y protegido por Dios.
"…todo lo que es verdadero, justo, noble, puro, amable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo en obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros."
Pero, además de rezar y confiar, Pablo también nos llama a la acción. En tiempos de adversidades, hay que seguir luchando. ¿Cómo? Buscando siempre el máximo bien. Pablo enumera una serie de virtudes que pueden ser muy bien estrellas orientadoras en nuestra travesía: verdad, justicia, nobleza, pureza, amabilidad… Todas ellas son virtudes que apelan a nuestra autenticidad y a nuestro amor hacia los demás. Son valores que Pablo nos invita a poner en práctica. El fruto de ese trabajo incansable será una recompensa sin precio: el mismo Dios de la paz.
He aquí dos salvaguardas de nuestra paz interior, que Pablo nos ofrece con simplicidad rotunda: la oración y una conducta noble y honesta. En nuestras plegarias y en nuestro trabajo, hecho con devoción, encontraremos a Dios. Y teniendo a Dios, como insistía Santa Teresa en sus versos, “nada nos falta”.
domingo, septiembre 28, 2008
Tened los sentimientos de Jesús
“Manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todo el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”.(Flp 2, 1-6)
Una de las mayores inquietudes de Pablo era la unión en las comunidades cristianas. En sus cartas, insiste una y otra vez en que los fieles se mantengan unidos, con un mismo sentir, fielmente adheridos a Jesús, como los sarmientos a la vid.
Esta forma de pensar es muy contraria al individualismo que se ha expandido por el mundo en los últimos siglos. Hoy día, en que vivimos en una sociedad globalizada y la solidaridad está en boca de muchos, el individualismo persiste, incluso en formas disfrazadas. Por un lado, se difunde la conciencia de que hemos de ser solidarios, de que todo cuanto se hace en un lugar del mundo afecta a todos. Se apela a nuestra responsabilidad. Pero, por otro, muchas corrientes que gozan de gran aceptación nos insisten en esta idea: ámate a ti mismo, pues si no te pones a ti en primer lugar, por encima de todo, nunca podrás amar a los demás. Parece que aquel viejo dicho: “la caridad comienza con uno mismo”, se ha convertido en una norma social.
Recogiendo el mensaje de Pablo, creo que quizás es justamente al revés. La caridad, no comienza, sino que acaba en uno mismo. En primer lugar, el amor, aunque parezca brotar como iniciativa personal, no surge solo de nuestro interior. Amamos porque antes hemos sido amados, porque recibimos amor, porque alguien nos enseñó a querer. En segundo lugar, nos encontramos a nosotros mismos, no cuando vivimos centrados en nuestro ego y en nuestras preocupaciones, sino cuando nos abrimos a las realidades de otros. Puede parecer contradictorio y además es contrario a las filosofías imperantes, pero estoy convencida de que una persona llega a amarse a sí misma cuando comienza a amar a los demás.
¿Por qué esto es así? Pablo es muy transparente en su discurso: “Tened entre vosotros los sentimientos de Jesús”, dice. ¿Cuáles fueron los sentimientos de Jesús? Su vida es el mejor ejemplo: Jesús siempre antepuso el bien de los demás al suyo propio. Antepuso la salud y la alegría de sus gentes a su descanso; predicó incansable, alimentó con pan y con sus palabras a multitudes, olvidando su reposo y comodidad. Y educó a sus discípulos para que crecieran humana y espiritualmente, para que formaran un grupo compacto, fiel, donde prevaleciera el servicio por encima del poder y el afán de dominar.
¿Significa esto renunciar a la propia personalidad? ¿A la libertad personal? No, en absoluto. La persona que se vuelca en ayudar y amar a su prójimo descubre cuál es su auténtica identidad, se reconoce a sí misma y comienza a quererse y a respetarse más. Recupera una autoestima sana, sin hinchazón del ego y sin encogimiento del alma. Y es a partir de esta actitud como una comunidad humana se forja, se cohesiona y crece. Es a partir de ahí que el mundo puede comenzar a cambiar.
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